Arrástrame al Infierno (Drag me to Hell)

    Hace más de 25 años que Sam Raimi asombró al público con su vertiginosa forma de mover una cámara en “Evil Dead” (aka “Posesión infernal”). Su delirante imaginación, su pobrísima puesta en escena y, principalmente, su arriesgada propuesta de aunar en la misma película terror y comedia, le catapultaron a la fama inmediata en los mismos (o parecidos) círculos en los que se encumbraría algunos años más tarde a Peter Jackson.

 

     Ambos cineastas, desde cinematografías y estilos muy distintos, optaron por impactar a su potencial público con una mezcla de terror, casquería y mucho humor. Raimi se apoyó en una historia de jovencitos aislados en una casa en mitad del bosque (como se puede ver, pasados todos estos años el cliché sigue funcionando), con demonios que regresan del más allá a través de un sortilegio. En definitiva una historia muy cercana al horror gótico más clásico pero con diálogos absurdos y situaciones delirantes que bebían del slapstick. Jackson, por su parte, tomó prestada de la ciencia ficción más cutre su propuesta de invasión alienígena a cargo de unos caníbales del espacio que jugaban a ver quién era más escatológico, si ellos o los humanos que trataban de evitar la invasión.

 

     La diferencia fundamental entre ambos es que Peter Jackson se ciñó al patrón de comedia desde el primer momento (aunque fuera una comedia muy gore y desagradable que alcanzaría su máxima cota con la posterior “Braindead”) y en cambio Raimi quiso fusionar en una sola película comedia y horror haciendo convivir ambos sentimientos en las escenas más sórdidas de su película.

     Cuando John Landis dirigió la estupenda “Un hombre lobo americano en Londres” nunca cometió el atrevimiento de querer juntar en una misma escena comedia y horror, y hasta la fecha, es el mejor y más efectivo ejemplo de comedia terrorífica que existe. Landis hizo que ambos géneros convivieran alternando los momentos cómicos con los terroríficos pero nunca mezclándolos, de tal manera que el espectador recibía un susto que posteriormente era seguido de un chiste o se reía a mandíbula batiente para en la secuencia siguiente encogerse en la butaca mientras le castañeteaban los dientes.

    

     Después de dejar atrás aquel cine de bajo presupuesto y convertirse en el responsable de una franquicia multimillonaria como Spiderman, Raimi ha vuelto a él como si sintiera nostalgia o pensara que le debe algo al público que le descubrió. Y no lo ha hecho al estilo de las secuelas (mucho más abiertamente cómicas, especialmente “El ejercito de las tinieblas”) de su “Evil dead”, sino repitiendo el mismo patrón de aquella pero con unos FX ligeramente más elaborados.

     El resultado es el de una película que parece haber surgido directamente de los ochenta, pero arrastrando más carencias que virtudes. La misma fórmula que pudo sorprender y crear una legión de admiradores en aquella década ya no sorprende ni anima a nadie a ponerse detrás de una cámara. Mas bien al contrario, parecen poner de manifiesto que, como tantas otras veces, a la sombra de la supuesta “frescura” de una opera prima no hay sino una escasez de talento o, cuando menos, una sequía. Algo similar a lo que le ocurre a Kevin Smith, que es incapaz de superar  (o de igualar, al menos) su “Clerks” y por lo visto también a Raimi, quien tras su apreciable “Darkman” no ha hecho sino dar palos de ciego con ese espectáculo infográfico que es la saga de Spiderman. En realidad, y si echamos un rápido vistazo a su filmografía, tendremos que concluir con que el único film realmente bueno que ha dirigido este hombre después de su debut es precisamente la única película de carácter no fantástico que ha dirigido; “Un plan sencillo”.

    

     “Arrástrame al infierno” explica la historia de una joven quien, llevada por la sana ambición de querer prosperar en su empresa (una entidad bancaria), niega un préstamo a una ancianita siguiendo los criterios y el consejo de su jefe de departamento. Esto conllevará que la anciana acabe por echar un mal de ojo a la empleada, momento a partir del cual la vida de la chica se convertirá en un auténtico infierno en el que no faltarán numerosos momentos desagradables a la par que cómicos, muchos de ellos relacionados con contactos nauseabundos con un cadáver (por no especificar más).

     Lamentablemente, el desenlace de toda la historia se muestra demasiado claro poco después de la mitad del film y, como explicaba en la larga introducción anterior, la combinación de horror y comedia no funciona como se pretende. Como si una y otra fueran fuerzas iguales pero de signo contrario, el resultado final es “0”, o lo que es lo mismo, una nula capacidad por provocar sensación alguna en el espectador que es incapaz de saber cómo debe afrontar lo que está viendo.

  

     No obstante, que quede claro que no pretendo disuadir a nadie de ir a ver “Arrástrame al infierno”. Si lo que se está buscando es pasar un rato más o menos divertido con una trama sencilla y algún que otro momento impactante (fundamentalmente los ataques de la maldición en forma de apariciones, poltergeist y situaciones nauseabundas con la viejecita que la lanzó) que no se lo piense. Estamos ante una película de verano (aunque en Estados Unidos se estrenara hace ya algunos meses) para desconectar y dejarnos llevar.

     Ante lo que no estamos es frente al regreso del Sam Raimi de antaño que nunca volverá. Porque aquel tenía que agudizar su ingenio para tratar de explicar una historia fantástica con la ayuda de cuatro amigos y un equipo de segunda regional. El Sam Raimi de “Arrástrame al infierno” es el mismo que el de “Spiderman”, que maneja millones de dólares y que ahora, cuando tiene algún problema para plasmar en imágenes lo que le pasa por la cabeza, tan solo tiene que recurrir a un experto equipo de efectos especiales para que le resuelva la papeleta.  

Lo mejor: Que tal vez Raimi se haya cansado ya de la aburridísima franquicia de Spiderman
Lo peor: Que se esperaba más
publicado por Javier Paez el 13 agosto, 2009

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