La cinta narra como unos soldados italianos desembarcan en una isla griega, en plena Segunda Guerra Mundial. Aunque al principio parece desierta, pronto descubrirán que no están solos. Sin una orden concreta, y con la radio estropeada, deciden quedarse allí hasta que el mando italiano les asigne otra misión. Entre otras cosas porque el pequeño territorio parece ajeno a la contienda; es una verdadera isla en medio del caos y sólo algunos sucesos puntuales les recordarán que son militares. Mientras esperan un destino que nunca llega, dedican su vida a hacer realidad sus sueños más queridos, aquellos que la guerra, la familia o la pobreza no les han permitido realizar.
Gabriele Salvatores se vale de un reparto coral para hacer una película pacifista donde, a medida que la disciplina se va relajando, van surgiendo espontáneamente las distintas personalidades que permanecían aletargadas: pintores frustrados, amantes tímidos y homosexuales reprimidos emergen gradualmente, coincidiendo con la desaparición paulatina del uniforme. La paradoja está servida: la Guerra ha sido la que ha propiciado que los soldados se encuentren a sí mismos y haya paz en su interior.

El filme pertenece al estilo que crearon los hermanos Taviani para sus mejores películas, aquellas que sorteaban la historia trágica con un lirismo reconfortante gracias a la inclusión de elementos fantásticos o de sueños imposibles. También se entronca con las películas protagonizadas por Massimo Troisi, en especial la excelente El cartero y Pablo Neruda (Michael Radford, 1995), con la que guarda más de un elemento común. Igual que en aquel filme, y como un componente más del reparto, el mar siempre está presente en la película de Salvatores. Es el que da colorido a una brillante fotografía; el responsable de la llegada del "invasor" y de otros curiosos personajes; el que ejerce de barrera física, cuando impide la salida de la isla. Una barrera "blanda" que nadie (o casi nadie) quiere cruzar.
