Y el que consigue camelarnos con un relato cercano y repleto de guiños encontró esa percha para colgar el buen traje casi andando y volviendo a mirar sobre los terrenos mejor conocidos: su barrio de toda la vida, su Trastevere romano natal, el día a día de la convivencia junto a su madre viuda…
Metido a cocinillas del cine, Gianni Di Gregorio escoge los ingredientes de la tierra y los mezcla a la manera tradicional, con sutileza y vitalidad, un poco de locura y mucha naturalidad. Este debutante en la dirección –que no en el guión, ya que fue uno de los firmantes de la adaptación de Gomorra a imágenes- acaba dándonos a probar una pequeña aunque sustanciaosa cucharada de su cazuelita en ebullición mediterránea que nos deja un regusto a guiso de ‘mamma italiana’.
Los 75 minutos de realidad nos saben a poco, sobre todo cuando uno empieza a ser consciente de que las cómicas relaciones –muchas de ellas autobiográficas- entre las cuatro protagonistas ‘primerizas’ en esto de la interpretación y el abnegado personaje al que da vida Di Gregorio son la excusa para hablar de la soledad, el desamparo y la poca comunicación, caracterísiticas que suelen ser inherentes a la lucha diaria –o la larga espera- de nuestros mayores.
