El Son Goku que encarna Justin Chatwin puede encandilar en los 30 primeros minutos pero pronto descubrimos que es un personaje sin historia y sin un entorno adecuado. Tan solo un batiburrillo de referencias, una puesta en escena sin Imagen y una his

★☆☆☆☆ Pésima

En el transcurso de la proyección vivimos una alternancia en las sensaciones. Demasiados tópicos y alguna secuencia aislada que desprende cierta frescura. El prólogo que precede a los títulos de crédito ya viene recargado con la explicitación de la temática y, prácticamente, desglosa en una sinopsis todo el relato. Una vez más, descubrimos que el modo utilizado por Peter Jackson para prologar su épica tolkeniana ha creado un referente que todo el mundo quiere utilizar sin – por lo visto – plantearse las limitaciones y la exclusividad de esa temática traducida a los ritmos del cine en gran pantalla. Seguro que ustedes han conocido a muchos espectadores que opinan que lo mejor de La comunidad del anillo es el prólogo. Recordemos el inicio de La brújula dorada o, incluso, de Transformers. Luego entran las secuencias de un Justin Chatwin bien dispuesto a representar al nuevo héroe adolescente, jugando con el ingrediente esencial, de potentes resonancias para la época del acné. Pero, digo yo, en el manga y en el anime original reconocíamos a Son Goku como un muchacho muy especial sin que la multitud de perfiles que lo rodean repitan una y otra vez aquello de “eres especial”, “eres diferente”, “tienes que creer en ti mismo”. Pero eso es lo de menos.

Porque, de hecho, es el tema central de la película. Muy acertada, sobre el papel, la idea de eclosionar toda la naturaleza psíquica de Son Goku y su autoafirmación en el momento decisivo de detruir a Picolo. El concepto de “ozaru” supone revertir lo que allí solo era una metamorfosis física con la finalidad de integrar el lado oscuro del personaje, y su bondad, en esa aventura de autodescubrimiento. Traducir la obra de Toriyama a una expresión cinematográfica potente exigía recolocar piezas y fabricar un discurso propio sobre el héroe y la punzante parafernalia de clichés que lo acompañan. Recordemos Return of the Jedi. Esa misma eclosión del instinto agresivo en Skywalker que precede a la empatía para con su padre es el elemento que le otorgaba el triunfo sobre la maligna influencia de Palpatine. Como vemos, nada nuevo bajo el sol de estas fórmulas. Pero allí funcionaba con pequeños toques de artesanía. James Wong es un bastardo de la expresión y de la fórmula. El concepto de “ozaru” y su forma de utilizarlo en el relato es una señal muy visible. No posee una mirada propia. Fijémonos en las secuencias de Goku sosteniendo en su mano la bola de dragón, con los flashes que ilustran la destrucción efectuada por los namekianos, insulso corta-pega de Frodo y el anillo, y su conexión con Sauron. Lo más lamentable de todo es ver que este DragonBall es otro producto que sigue una estela que dejó de brillar cuando se salió de los márgenes de su universo específico. Wong no sabe traducir e imitar a Toriyama ni tampoco traducir e imitar a Peter Jackson.

Las flaquezas del argumento poco importan. El anime original carecía de consistencia en ese sentido, pero la versatilidad de los personajes era el juego que nunca perdía la frescura. Era una imperfección bella, siempre divertida. Star Wars (1977) tampoco tenía demasiada consistencia argumental. Pero creó unos personajes que son leyenda, por muchas razones, incluida la unidimensionalidad de Darth Vader. Son los necesarios personajes que han de llevar de la mano al espectador hacia un universo cuyas leyes siempre serán un poco arbitrarias. El Son Goku que encarna Justin Chatwin puede encandilar en los 30 primeros minutos pero pronto descubrimos que es un personaje sin historia y sin un entorno adecuado. Tan solo un batiburrillo de referencias, una puesta en escena sin Imagen y una historia muy mal estructurada.


Con Speed Racer y su rítmica visual de temas ya muy trillados y personajes variopintos los Wachowski dieron toda una lección de cómo se hace una Imagen singular, por ejemplo…
publicado por José A. Peig el 10 abril, 2009

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