Ojala se le pudieran poner dos estrellas y media… pero no se puede.

★★★☆☆ Buena

   La razón por la que acabé viendo esta película, después de haber dicho por activa y por pasiva que no lo haría, merece una explicación, así que allá va.

   Hace ya unos cuantos años que estrenaron “Underworld”. En aquel entonces, recuerdo que entré en la sala de cine con mi mujer sin pensar demasiado en que película estaba a punto de ver. La seleccioné sencillamente porque el cartel me llamó la atención y la sinopsis me recordaba en cierta medida al “Mundo de Tinieblas” creado por “White Wolf” y que, en aquellos años, todavía me comía un poco la cabeza. Desconocía quién era su director y, de su protagonista, Kate Beckinsale, apenas hubiera podido decir nada más allá de que parecía estar bastante buena.

   El resultado de aquella experiencia fue una gran decepción y un dolor de cabeza no menos grande. No es que la película me pareciera un auténtico bodrio pero estaba claro que a los responsables del film les interesaba mucho más hacer una película de acción al rebufo de “Matrix” que de narrar los entresijos del oscuro mundo que se esconde en las góticas ciudades del “Mundo de Tinieblas”, con las que, aclarémoslo ya, poco o nada tenía que ver más allá de la convivencia de vampiros y hombres lobo librando una batalla secreta al margen del conocimiento de los humanos.

   Fue curioso pero, años después cuando se estrenó Underworld 2, se produjo una situación muy similar y, aunque tanto yo como mi señora esposa estábamos convencidos de que la primera no nos había gustado, pagamos la entrada y volvimos a la carga. El resultado no pudo ser peor. Realmente aquella infame (esta sí que sí) película, nos convenció de que la franquicia creada por Len Wiseman no era sino un puro espectáculo vacío sin absolutamente nada interesante que contar.

   Así pues, cuando se estrenó hace un par de semanas esta “Underworld: Rise of the Lycans” ni se nos ocurrió hablar de ir a verla. Estaba claro que no lo haríamos. Pues hete aquí que los pocos conocidos que la fueron a ver empezaron a decirnos que no estaba mal, que las críticas que circulaban por Internet no la dejaban del todo mal y, ya el colmo, hasta mi revista de cine de cabecera la ponía medio bien. ¿Qué podía hacer? ¿Tenía que verla o mantenerme en mis trece? En fin, pues llegué a una solución de consenso conmigo mismo: la veo pero no pago por verla. Y aquí estamos.

 

   “Underworld: rise of the lycans” funciona como una precuela de las anteriores películas y en ella se narra la historia de Lucian y Sonja, un licántropo y una vampira que desencadenan la guerra entre las dos especies al no renunciar al amor que sienten el uno por el otro.

   Es curioso que algo tan simple y tan manido como pueda ser la premisa anterior sirva para plantear la que es, sin duda, la mejor de las tres películas de la saga. Y todo ello renunciando al que era el principal atractivo de las otras (sin mencionar a la Beckinsale, claro), el que la acción se desarrollara en la actualidad con la mezcla entre goticismo, tecnología y tribalismo que conllevaba.

   Por desgracia, decir que “Underworld:Rise of the lycans” es la mejor de las tres películas tampoco es que sea decir demasiado. Como sus predecesoras, la cinta adolece del mismo mal. Se prima en demasía el espectáculo a costa de un desarrollo mucho más profundo de las tramas y de los personajes que quedan reducidos, en su mayoría, a unos pocos esbozos que los convierten en poco menos que caricaturas. Se desaprovechan así interesantes líneas de guión como pueda ser todo lo relacionado con la nobleza vampírica y sus siniestras relaciones con la nobleza humana, las traiciones entre los clanes representados en el consejo vampírico y hasta el horror de los humanos que son secuestrados para ser convertidos en bestias esclavas (resulta realmente desconcertante la calma con la que todos ellos asumen su destino después de haber sido mordidos).

   Si toda esa espectacularidad se tradujera en un delirio de efectos especiales de primera categoría o en sensacionales secuencias de acción a lo John Woo pues a lo mejor valdría la pena haber pasado de trabajar más el guión pero… es que tampoco es así. Los combates entre vampiros y bestias se desarrollan con tal frenesí que apenas se entiende nada. Cámaras lentas se alternan con montajes aceleradísimos de planos y más planos en los que tan solo se ven miembros cercenados, chorros de sangre, relucir de espadas y garras peludas. Y por supuesto todo ello pasado por el omnipresente filtro azul que acompaña todos y cada uno de los planos y que, de tan repetitivo, deja de cumplir con su supuesta función (transmitir la frialdad del ambiente en el que se desarrolla la mayor parte de la historia; el castillo de los vampiros).

   Dicho todo esto aceptemos que la película mantiene un ritmo agradecido en el que cuesta encontrar un minuto de aburrimiento, que se beneficia además de una duración muy ajustada y razonable ante el escaso empaque de lo que se narra (ochenta y pocos minutos), que sus actores realizan un trabajo aceptable a pesar de que no haya demasiado con lo que trabajar y que Rhona Mitra ya se las hubiera visto recientemente con hombres lobo en la muy prescindible “Skinwalkers” (que parece que le ha cogido gusto al tema) y dejara clara sus limitaciones para esto de la interpretación. Aceptemos también que la película cuenta con al menos un par de momentos de cierta densidad dramática; el de la ejecución de la vampiresa (que le debe mucho a “Entrevista con el vampiro”) y el de la huída final de los licántropos con ese Víctor desafiante desde una almena al límite de ser carbonizado.

 

   Resumiendo, que sí, que de acuerdo. Que no está mal, pero que se puede hacer mucho mejor a poco que haya un poco de ganas de huir de la fórmula. No olvidemos que el goticismo  ha dado películas geniales sin tener que prescindir de las escenas de acción como parte fundamental de la narración. Ahí está “El cuervo”. ¿O no?

 

Lo mejor: Que termina la saga mejor de como la empezó.
Lo peor: Que ya es tarde para arreglar el desaguisado.
publicado por Javier Paez el 30 marzo, 2009

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