Me da la impresión de que, aunque hubiésemos puesto a Kate Winslet y Edward Norton en los papeles principales, el producto resultante hubiese sido igual de sonrojante

★★☆☆☆ Mediocre

La actual normativa para la regulación de películas es incompleta. Me refiero a la etiqueta que se adjunta en los films que restringen su visionado en función del contenido, ya sabéis: “Para todos los pardillos” (TP), “No recomendada a supersticiosos” (NR -13), “Para aficionados a la genética” (XX, XY), etc. Esta información es insuficiente y no evita catástrofes muy frecuentes.

Imaginemos, por ejemplo, que un adolescente macarra se decide por ver una del Chuache y entra en el cine para ver “Junior”. El muchacho se dirá: “Junior, seguro que va del hijo de un marine muerto en combate que se quiere vengar de un batallón insurgente de los montes Urales. A por los tiros”. Al salir de la película, lo más probable es que tenga que ser lobotomizado. O a un aficionado al cine de Tim Burton se le ocurre bajarse su primera película, “La gran aventura de Pee-Wee”, para completar la filmografía del genio pensando: “los comienzos de Burton, oscuridad, ilusión, su mundo en sus primeros pasos. No puedo perder nada, no será peor que El planeta de los simios”. Ahí tenemos trauma seguro.

Deberíamos incluir nuevas restricciones. En el primer caso, la leyenda que acompañaría la película debería ser algo así como: “no recomendada para adolescentes con exceso de testosterona, intolerancia a la pastelada y problemas para reubicar a sus ídolos”, o en el segundo, algo así como: “no recomendada para personas con coeficiente intelectual en la media o superior e instintos asesinos hacia los personajes cargantes”.

En la película que hoy comento, cualquier despistado podría pensar: “una de vampiros, me he visto True blood de cabo a rabo, he flipado con los libros de Anne Rice y me he leído Drácula 24 veces. Vamos p’allá”. Si hubiésemos incluido una advertencia del tipo: “recomendada únicamente para adolescentes femeninas, con ídolo de masas en el frontal de su carpeta, tendencia a hablar de chicos más del 80% del tiempo (40% del mismo por teléfono), hormonas disparadas y absoluto dominio del lenguaje sms”, no tendríamos que recoger los restos del pobre incauto tras sufrir una embolia en la sala de cine.

Y es que puede que el argumento verse sobre los vampiros, pero la verdadera pasta de la que esta hecha la película basada en el libro de Stephanie Meyers es una historia de amor entre dos adolescentes de diferente procedencia, en el típico ambiente de instituto, con los típicos problemas de familias disfuncionales. Todo esto contado en un ritmo cansino y lento, sin apenas ideas que hagan avanzar la trama, diálogos directamente sacados de la Superpop y con unos efectos especiales capaces de sonrojar a Ed Wood (merece la pena verla tan sólo por el momento en el que el vampiro se pone al sol para que ella vea el monstruo que es en realidad, uno de los mejores números cómicos que he visto en mucho tiempo).

Si lo que esperamos es alguna pelea de los tipos de los colmillos, todos con una fuerza sobrehumana, tendremos que esperar hasta el final de la película (tras tragarnos el partido de béisbol más surrealista y cansino de la historia) para asistir a 5 minutos de golpes, saltos y sangre, que se soluciona demasiado rápido y sin crear el más mínimo suspense.

En cuanto a las actuaciones, no sabría si echar la culpa a los jóvenes actores o al texto al que tratan de dar vida. Me da la impresión de que, aunque hubiésemos puesto a Kate Winslet y Edward Norton en los papeles principales, el producto resultante hubiese sido igual de sonrojante, pero también es cierto que las actuaciones planas de Kristen Stewart (aquella niña con la que sufríamos en “La habitación del pánico”) y Robert Pattinson (alguien debería decirle que abrir mucho los ojos, no parpadear y entreabrir la boca no es sinónimo de ser un vampiro) no ayudan en absoluto.

Así que ya sabéis, hay que instar a nuestros gobiernos a que se preocupen menos de las descargas P2P y aboguen más por la salud de sus ciudadanos a través de simples advertencias que podrían ahorrar grandes colas en nuestros ambulatorios.

publicado por Heitor Pan el 26 marzo, 2009

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