Geraldine Page es Carrie, una anciana que convive con su hijo y su mujer, en una pequeña vivienda, en el centro de una gran ciudad. La anciana no es feliz entre esas cuatro paredes y añora su vida en el campo. La radio, y la emisora “Días Alegres” -con un entrecomillado de lo más adecuado-, no son suficientes para aislarse de la tiranía de su nuera. Carrie ansía volver al pueblo de su infancia y juventud. Quiere regresar a Bountiful.
La cinta se convierte en una road movie crepuscular cuando Carrie decide escaparse y emprender el viaje. Sin embargo la estructura de la película no se aleja casi nada de las tablas. Sus cuatro actos se presentan demasiado definidos, en escenarios muy limitados que constriñen la trama y con un predominio de los primeros planos que hacen recordar su pase televisivo. Es la fotografía la que nos recuerda que estamos ante una producción cinematográfica: su luz tacaña apaga los colores y acompaña a Carrie en su recorrido existencial a través de anodinas estaciones de autobuses.
A pesar de esto el filme resulta entrañable sobre todo por la brillante actuación de Geraldine Page. La veterana actriz se encuentra muy bien secundada por Rebecca de Mornay en el segundo acto; ambas refugiadas en unos diálogos sencillos, austeros, pero contundentes.
Algunas tomas bucólicas, utilizadas como imágenes de transición, hacen que Peter Masterson se asome ligeramente para compartir el mérito de la cinta con Horton Foote y Geraldine Page. Donde el director aparece definitivamente es en la conclusión. Un final que vuelve a confirmar algo que se puede repetir en las vidas de cada uno de nosotros: idealizar el pasado tiene un peligro, cuando vuelves a él compruebas que nada es igual, que el Bountiful que recuerdas ha desaparecido.
