Ha hecho falta que exista Harry Callahan o William Munny o Frankie Dunn para que Walt Kowalski exista: toda la filmografía de Eastwood está encerrada en estas dos horas de espontanea y romántica confesión. Está el Eastwood incrédulo, el patriota, el violento, el irónico, el lírico, el sacrificado, el dibujado con esmero por tantos guionistas guiados por la sensibilidad de un maestro de la representación, uno que el tiempo pondrá en el sitio que verdaderamente merece, justo a la altura de cualquier otro que el amable lector (en su voraz cinefilia) pueda pensar..Mientras tanto, al tiempo que voy pedaleando palabras y rescatando emociones para que todo se ajuste al nirvana mental que me produjo Gran Torino, la película se proyecta en mi memoria casi íntegramente y voy repitiendo los gestos, las muecas, los efectos de la senectud en un hombre completamente empapado de vida y que desprende vida en cada toma. Me da lo mismo su precedibilidad: esa certidumbre de que un final apoteósico, de los que te dejan pegado a la butaca, se fragua lenta e inexorablemente; su insobornable patriotismo, rayano en lo bochornoso para quienes no la profesamos por unas u otras circunstancias; su inequívoco aroma a despedida, y ya se sabe que cuando un amigo se va, algo se muere en el alma, y entonces los que amamos a Clint Eastwood casi tanto como a John Ford o a John Huston o a Alfred Hitchcock, contribuyentes (egregios) al tozudo vicio de ver películas de este cronista exigente, cándido (en ocasiones), voluptuoso y, sobre todo, cuando hay que ser mitófago, parroquiano de este culto… La reseña sesuda, la que apura los argumentos y las implicaciones morales y estéticas, ésa que en otras ocasiones sale sin esfuerzo (buena o mala, pero sale con cierta facilidad) no entra ahora y ni tal vez lo haga en ningún futuro cercano o apartado del hoy untado de asombro. Me quedo con el tito Clint arreglando el jardín y adiestrando, en los menesteres de la vida, al chino que se le cuela en el ocaso de la suya y al que ama (a su manera) y por el que nos deja huérfanos de un actor imponente.
Lo mejor: Clint, Clint, Clint; el apoteósico final, liberador y testamentario.
Lo peor: Que es previsible en demasía. Algo malo tenía que haber.
