Una de las propuestas más hermosas, sinceras y, aunque resulte a primera vista extraño, innovadoras que se haya hecho el cine francés, últimamente estancado en un estilo y un contenido ya cansinos.

★★★★★ Excelente

Las horas del verano

Las horas del verano se abre, tras unos títulos de crédito iniciales acompañados de una partitura de fondo absolutamente emocionante -la única pieza musical que aparece durante todo el film-, con un plano de un bosque que, ya de por sí, transmite una total tranquilidad. Unos niños y adolescentes aparecen de la nada corriendo y se dirigen a una casa antigua de pueblo preciosa, donde se encuentra el resto de la familia adulta. Algo tan simple como un encuentro familiar se sucede con una sencillez abrumadora, un encanto y una puesta en escena tan elegante como cercana. Este es el inicio de todo un pequeño dilema familiar de lo más corriente, cuya desenvoltura resultará de lo más realista, convincente, calmada, hermosa y dramática.

La nostalgia que se respira en el ambiente de la familia protagonista se palpa enormemente, se siente como si fuéramos nosotros quienes presenciásemos el paso del tiempo y los cambios generacionales. Y es que además de representar una revisión del pasado, de sus costumbres, el film también acaba siendo una visión sobre el presente, y ahí es donde más papel tienen esos tres hermanos tan diferentes unidos por el recuerdo de una madre y unos objetos que van cobrando personalidad a lo largo de la película hasta culminar en el peor lugar posible -inolvidable la conversación en el museo entre el hermano mayor y su mujer, y todos los diálogos entre los tres-, es decir, por el mismisimo pasado. La posterior generación, la de esos adolescentes ansisos de libertad, sin embargo, también se distingue por la sensibilidad por uno de los aspectos básicos de la vida como la muerte. El realizador nos brinda, en esta ocasión, unos planos finales enormemente sensibles y bellos, envueltos de naturaleza y calma como los primeros que aparecen, en contraste con las tristes y desesperanzadoras situaciones que se desenvuelven durante la mitad, más cercanas a los problemas entre los primeros.

Lo que más distingue al film de Olivier Assaayas de cualquier otro drama familiar de argumento parecido es su capacidad por diferenciar el conflicto en sí, o el pretexto, si quieren, de la temática esencial, esa mirada hacia las distintas generaciones de una familia y la repercusión que tiene en ella el paso del tiempo, la muerte y la nostalgia. Eso, y una excepcional dirección de actores -destacar, por encima de todo, una Edith Scob breve pero deslumbrante en cada momento, y los tres hermanos, completamente accesibles-, hacen que Las horas del verano resulte una de las propuestas más hermosas, sinceras y, aunque resulte a primera vista extraño, innovadoras que se haya hecho el cine francés, últimamente estancado en un estilo y un contenido ya cansinos. Una película inolvidable, bañada elegantemente de una lucidez y una madurez poco comunes en los tiempos que corren.

publicado por Ramón Balcells el 11 marzo, 2009

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