El mérito de esta secuela es la simbiosis personajes-actores: el espectador presencia el reencuentro entre Jesse y Celine, pero también asiste a la reunión entre dos viejos amigos, Ethan y Julie.

★★★★☆ Muy Buena

Antes del atardecer

¿Se ha preguntado alguna vez que habría ocurrido si Rick e Ilsa se hubieran encontrado de nuevo, después de su despedida en Casablanca? ¿No se quedó con la duda de si Jesse y Celine acudirían a su cita, después de aquel día juntos en Viena? Para la segunda pregunta el propio director, Richard Linklater, dirigió una secuela casi diez años más tarde.

En esta ocasión los protagonistas de Antes del Amanecer (Before Sunrise, 1995) coinciden en París, donde Jesse (Ethan Hawke) está promocionando su libro, basado en su breve, pero intenso encuentro con Celine (Julie Delpy) casi una década antes. Ella acude a la firma de la novela con la esperanza de volver a verle. Y se encuentran.

La cinta vuelve a centrarse en los diálogos entre la pareja, esta vez con la capital de Francia como telón de fondo y con los personajes sensiblemente cambiados. Linklater utiliza casi la misma técnica que en el rodaje en Viena. Estructura la conversación por temas y los presenta a lo largo de varios paseos por las calles de París. Los sigue en una cafetería, en un viaje por el Sena en barco, en un trayecto en automóvil y finalmente en el apartamento de Celine. De esta forma el espectador no se cansa y atiende a una amena conversación donde los sentimientos van aflorando hacia una situación verdaderamente emotiva. Además, a diferencia del primer filme, el realizador hace coincidir el tiempo diegético con el real. Que la acción transcurra en los ochenta minutos que dura la película es otro elemento más para que una cinta basada en el diálogo no resulte pesada (les estoy cogiendo verdadera manía a esos largometrajes que duran casi tres horas).



En Antes del Atardecer se habla de ecología, política, religión o sexo, enlazando muy bien los temas pero siempre con el amor como sustento de una relación que comenzó en aquel encuentro en Austria. Linklater no se resiste a utilizar a los protagonistas para que simbolicen la vieja Europa y la joven América. Casi siempre es Celine la que inicia un tema de conversación, con una manera de ver la vida más progresista que Jesse, que de alguna forma se deja llevar por el carácter tan agradable de su compañera. El director aporta un mensaje optimista y opina que se puede hablar de cualquier tema siempre que presida la tolerancia.

Por otro lado los larguísimos travellings, con un plano medio como encuadre, sirven para que los actores disfruten de lo que parece una conversación entre amigos y no de un cansado día de rodaje. Y es que el mérito de esta secuela -y lo que la hace situarse a la altura de la primera película y por momentos superarla- es precisamente la simbiosis personajes-actores: el espectador presencia el reencuentro entre Jesse y Celine, pero también asiste a la reunión entre dos viejos amigos, Ethan y Julie. Ambos profesionales parece que estén recordando juntos su trabajo de nueve años atrás. Han cambiado: ella está más delgada, con el pelo recogido, él tiene algunas arrugas nuevas en la cara.

Hasta la música es diferente. Para subrayar esa excelente confusión entre ficción y realidad, es la propia Julie Delpy la que aporta sus canciones a la banda sonora y Celine las que dice haberlas compuesto e incluso se atreve a cantar una, con un título muy apropiado: “A Waltz for a Night”. Ideal para bailarlo justo antes del atardecer.
publicado por Ethan el 27 febrero, 2009

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