Pero como el Ford Gran Torino, Kowalski tendrá que salir del garaje del pasado y convivir con un vecindario al que odia. Unos matones cometen la osadía de pisar su jardín y el blanco no dudará –rifle en mano– de expulsarlos de su pequeño país intransigente. A partir de aquí, y con un excelente humor ácido e irónico, la vida del viejo jubilado cambiará por completo cuando conozca a sus vecinos asiáticos. Y es que Gran Torino es una película de curación, demuestra que nunca es tarde para curarse de prejuicios, una enfermedad que te nubla la mente y el pensamiento.
Gran Torino será una película menor en la larga lista del director norteamericano pero su esencia será perdurable para el espectador. Eastwood se centra en demostrarnos todo su potencial como actor a través de una historia sencilla pero consistente, con un excelente humor y un dramatismo inmanente en un buen guión al que se le ha sacado el máximo partido y que termina de la mejor forma posible: con un final acertado e imprevisible.
Lo mejor: Eastwood.
