Lo que pudo ser y no fue, la calma tras la tempestad, el amor inflado que al poco tiempo se destapa en mediocre cotidianidad… quien esté libre de culpa que tire la primera piedra.

★★★☆☆ Buena

Revolutionary road

¡VIVA LOS NOVIOS! 

¿Qué pasa cuando los sueños se desvanecen y se pierden las oportunidades?

Decía el escritor norteamericano Richard Russo que la verdad de Revolutionary Road – la novela de Richard Yates – no era una verdad agradable; que reconocernos en la ceguera, en las necesidades, en las soledades y hasta en la crueldad de sus personajes dolía mucho pero que era un dolor excitante… el dolor de enfrentarse a la verdad.

Sam Mendes hace películas incómodas de ver. Incómoda fue American beauty porque contaba la verdad del corderito inconformista que dejaba de seguir al rebaño capitalista escapando de su Matrix acomodado, era el viaje del héroe que huía del estado de bienestar en busca del canto de otra sirena, rubia, jovencita y bañada en pétalos de rosas.

Incómoda es también Revolutionary road que cuenta la vida gris de una joven pareja norteamericana llena de sueños que la madurez y el paso de los años terminan por enterrar.

Esa incomodidad se respira tras ver la película pues inmediatamente se hace el silencio, el silencio cómplice del espectador que se siente reflejado en los personajes de manera tan cruel y toma conciencia de su mediocridad.

Lo que pudo ser y no fue, la calma tras la tempestad, el amor inflado que al poco tiempo se destapa en mediocre cotidianidad… quien esté libre de culpa que tire la primera piedra.

Esos años cincuenta acomodaticios de la película nos remiten a la actualidad y señalan el nihilismo en el que vivimos, el tiempo del caos, el fin de una época, de una manera de pensar y el reconocimiento de nuestra realidad ruinosa.

Sin embargo Revolutionary road no es la película magistral que pudo llegar a ser. Por la temática se desea y se intuye que debió ser una película de silencios e impotencias, de ahí que la pareja de vecinos colmados de normalidades y vulgaridades tiene más empatía que la protagonizada por Kate Winslet y Leonardo di Caprio. Impagable es el momento en que el vecino le pregunta a sus hijos qué ven por la tele y los críos ni le responden absortos en la caja tonta, su mirada de derrota entonces, del absurdo de toda una vida no tiene precio.

Si todas las escenas de la película hubieran sido tan contenidas y dolorosas como ésta, hablaríamos de una obra maestra absoluta del cine, pero el exacerbado romanticismo que aplica Sam Mendes llena Revolutionary road de momentos de radicalidad que estropean la identificación del espectador con lo que está viendo, de peleas imposibles, de personajes increíbles innecesarios – el matemático loco de remate – que rompen esa rutina que siente toda pareja, ese “estar más muerto que vivo” que necesita la película para hundir su cuchillo en nuestra alma y hacernos sentir tan culpables como fracasados.

La pelea inicial del film es otro tropiezo pues la película debería comenzar diez minutos más tarde cuando vemos a Leonardo di Caprio yéndose al trabajo como uno más, sentado en el tren asomando su sombrero cincuentero como todos los demás. Ese principio rompedor por lo ordinario lleno de silencios que tanto cuentan sí supo entenderlo y transmitirlo el genio Billy Wilder en El apartamento con la que Revolutionary road guarda tantas similitudes. Sin embargo el director austriaco sabía que su película necesitaba más silencios que gritos y más vulgaridad que protagonismo. Por eso Jack Lemmon y Shirley Maclaine juegan a las cartas al final de la película sin saber si se van a querer o no y por eso Revolutionary road tendría que haber terminado como empezó, con la pareja condenada a su monotonía como la bola de Sísifo y no con tantos finales innecesarios y barrocos – el suicidio de ella vuelve a ser romántico y escapa de la habitualidad que conocemos -. Por eso también El apartamento pasará a la historia y Revolutionary road no.
Lo mejor: Los vecinos y sus silencios que tanto daño nos hacen por sentirnos reflejados.
Lo peor: Que debería ser una película de silencios e impotencias y no de peleas imposibles con las que no hay empatía.
publicado por Francisco Menchón el 17 febrero, 2009

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