Nada que se me pueda ocurrir para enseñarme a gusto ante este desparrame absurdo y hueco, pobre, que produce bochorno, zozobra mental, dolor allá donde antes, en la oscuridad del cine, uno hasta disfrutó de mediocridades de este grosor creativo…

★☆☆☆☆ Pésima

El desahogo: Hay películas que ya vienen deglutidas de fábrica; películas que descartan el esfuerzo del espectador y se entregan en perfecto estado de consumo; películas de trayecto intelectual muy corto o sin trayecto alguno; películas epidérmicas que suministran una superficie transitable, plana en su orografía sentimental; películas que no cuestionan la verdad de las cosas sino que se arriman a la evidencia más simple de su aspecto; películas sin aristas ni recovecos; películas de una elementalidad sobrenatural que en ningún fotograma exhiben soluciones alternativas a la más sencilla, que suele coincidir con la primera que se le ocurre al director, si es que podemos darle ese nombre tan pomposo e historiado; películas que no invaden la intimidad ética del espectador y no se plantean manifestar incógnitas, dudas, obstáculos de la psique cognitiva o emotiva o racional; películas unicelulares, rácanas en imaginación, plúmbeas; películas que no cumplen ningún requisito de belleza porque jamás se plantearon buscarla: si llega, aquí estamos y si no acude ya vendrá: no tenemos prisa y el espectador no nos lo va a echar en cara; películas que sonrojan, abochornan, impiden que el norman riego sanguíneo irrigue con la bondad previsible los receptores nerviosos que activan el puro sentimiento del disfrute; películas pueriles, cerriles, cazurras; películas que miman al estulto y depositan en su cerebro cantidades soportables de bazofia: se ha dado el curioso caso del espectador excesivamente enganchado que ha sufrido un colapso sensitivo y ha creído, una vez salido del cine y respirado las toxinas de la realidad, que la vida es una extensión de todas esas lamentables películas que ha visto durante su adocenada y rampante existencia: son sujetos que inspiran lástima a poco que prestemos atención a cómo se comportan; películas – no crean que he perdido el hilo motor de este desatino catártico – que inevitablemente afectan al alma, caso de que el usuario posea una: la dejan inservible para tareas más nobles y de mayor calado intelectual; películas que apestan a miedo porque el miedo, en materia creativa, se deja querer por los pusilánimes de talento pero arrojados sin pudor al negocio de colarnos su triste mercancía; películas a las que se debería vetar el oxígeno de las taquillas, aunque al hacer cuentas del negocio resultan ser casi siempre las que salvan la quiebra y dan unos duros para que no cierren cines y se sigan vendiendo sueños. El amable lector de esta espesa crónica de mis cuitas podrá condimentarla con su propio despliegue de descalificativos y tendrá (seguro) candidatas para elaborar una lista exhibible, prueba de que todo la bilis vomitada no es capricho sino espontánea reacción del cuerpo, que también emite juicios y tolera unas cosas y aborrece otras. Y si el engendro recién dinamitado le ha entretenido, no se aflija ni arremeta contra mí furibundamente. Todos tenemos días. A mí hoy me ha liberado este rendición. Tengo que procurar, en lo posible, confiar más en mis instintos. Me avisó. Dijo: Emilio, ¿qué se te ha perdido ahí dentro?
Lo mejor: ¿diré que nada?
Lo peor: El otro cien por cien
publicado por Emilio Calvo de Mora el 13 febrero, 2009

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