Frost/Nixon maneja con pericia la escenografía de una trastienda: en realidad, el desafío al que hace mención el título español es únicamente el clímax necesario, pero no la sustancia del film. La complejidad de la trama política que subyace bajo la figura de Richard Nixon y del Watergate impide que el espectador desavisado, el que accede a la película sin el bagaje cultural preciso, pero este carencia no desaconseja su visionado. Howard, en poco más de hora y media, revisa un hecho histórico en el periodismo (las entrevistas en sí mismas) y lo convierte en un espectáculo cinematográfico brioso, al que se le pueden imputar males menores, pero jamás la etiqueta del tedio. .
Frost/Nixon discurre fluidamente y no decae en ningún tramo: su cartesiana maquinaria narrativa, apoyada en un milimétrico guión y conducida en escena por (sobre todo) dos actores con recursos y poseedores de un rango mayor de matices y de inflexiones gestuales, de mimo hacia unos personajes nítidos, sí, pero cargados también de dudas, de aspavientos. Nixon (un formidable Frank Langella) está caracterizado, antes que como político corrupto o como vividor amante del dinero, como un ser humano, que nos ofrece un rico muestrario de debilidades, franquezas y errores. Frost (también un gran Michael Sheen, antes visto como eficiente Tony Blair en la estupenda The Queen) contribuye con un muy británico modo de ocupar la escena, sugiriendo más que ofreciendo. Algún personaje secundario fácilmente prescindible (la amiga de Frost) o la incómoda sensación de que ya sabemos qué final nos aguarda son los dos únicos obstáculos (y lo son muy tangencialmente) visibles. En lo demás, Howard rinde un sincero y eficaz tributo al medio televisivo al tiempo que explica (sin excesiva injerencia) las razones morales de un político controvertido y bajo cuyo mandato el siglo XX reformuló algunas conductas sociales y definió otras como el liberalismo, el movimiento hippie o la definitiva (y ahora acelerada) primacia de lo laico sobre lo religioso en los Estados Modernos.
A la pieza teatral de Peter Morgan, llevada a escena por los mismo Sheen y Langella, se le añade una muy inteligente reflexión sobre la fascinación de la imagen que registra la cámara televisiva. Especialmente remarcable (por emotiva, por elucidadora) el comentario de uno de los asesores de Frost cuando refiere cómo el rostro del derrotado Nixon, en el último round dialéctico, exhibe el dolor, la serena certidumbre de que el combate ya ha dado un ganador y cómo la imagen aprehende (atesora, tutela, recluye) el gesto descompuesto, la anuencia final. Antes hemos asistido a una noble velada pugilística. Hay suficientes evidencias de que al director le ha parecido muy correcto recrear en su set de rodaje la coreografía de un combate de boxeo: está el púgil y están los secundarios que le aconsejan que acometa tal o cual golpe, que no se deje intimidar contra las cuerdas terribles del verbo, que no se apacigüe en exceso y demuestre, a renglón seguido de una acometida estrictamente protocolaria, la firmeza de la pegada, la capacidad de reacción, la recia musculatura dispuesta a noquear al intimidado adversario.
Y si hay un fiable testimonio del paso de Nixon por la Historia del siglo XX es (como bien sentencian en el film) la creación del sufijo gate aplicado a todos los chanchullos administrativos, judiciales o sencillamente políticos . Ese es el legado del ambicioso y trapichero Nixon.
Lo mejor: Sheen/Langella
Lo peor: Que a pesar del liberador final, abruma, cansa ese movimiento monocorde, sinuoso, firme, aunque cansino...
