Imprescindible en muchos sentidos, Camino no es únicamente un arrebato contra los fanatismos de la fe, que hay muchos y se consienten y hasta se jalean, sino un bello manifiesto a favor de la vida, que eso es al fin y al cabo por lo que lucha la niña

★★★★☆ Muy Buena

Camino

Insiste Fesser, en ruedas de prensa, en recortes televisivos ahora que Camino ha triunfado, que su película es una historia de amor, y no me puedo envalentonar para corregirle porque hay un poso infinito de amor alrededor de la crueldad sobre la que gira toda la trama. Camino, entonces, es varias películas a la vez y ninguna defrauda. La que está soliviantando al pueblo soliviantable es la película evidente, la que expone con frialdad cartesiana cómo cierto tipo de fe (entiendo que no todas) extermina la vida y se afilia (casi sin estrépito, como si se tratara de un episodio más y no precisament el más doloroso y ni siquiera el último) a la muerte. En este sentido, Camino es un vivisección con el material quirúrgico más fiable y certero de la ceguera moral a la que se accede cuando la razón (a pesar de las metáforas que contrae todo sentimiento religioso) ha sido sustituida por el sacrificio. Luego está el film tierno, el que fija su mirada en la propia niña, en Camino, en su esplendor adolescente, en sus ganas absolutas de encontrarse con la felicidad al modo en que las niñas de su edad se dan de bruces con ella con muy leves indicios. Ahí, en la mente sistemáticamente bombardeada de metáforas ininteligibles de la niña Camino, es donde está la otra película, la onírica, la que surge espontáneamente de la infinita fascinación del ser humano por sublimar la realidad que le rodea. Ésta que aquí Fesser diestramente expone no puede levantar entusiasmos: la historia real sobre la que se edifica la ficticia es en el fondo mucho más ficticia, más increíble, menos ajustada a parámetros exclusivamente racionales y justos. No hay raciocinio ni hay justicia en la perversión moral que en ocasiones el ser humano construye para acercarse a Dios, que parece últimamente un objeto de diseño, una especie de icono transrreal cuyo fin último es ponernos a todos a guerrear, a polemizar, a crear un estado de excepción ética en la que unos tiran al monte de la salvación eterna y de la palabra divina y otros se quedan en la maleza absoluta de la realidad, aunque a veces la realidad no sea nada más que incertidumbre, confusión y, en último término, concluya con un finiquito abrupto y un poco cabrón.
Javier Fesser, que disfrutó a su manera en la gala de los Goya, se pringa todo lo que puede y más en rebelar las maquinarias oscuras y torticeras de la llamada Obra, pero no se inmiscuye (en casi ningún momento de la película) en asuntos de más calado metafísico. El casi se justifica cuando la niña Camino, ya encamada y ofrecida por su madre al Dios acogedor y benéfico que la espera, en el hospital, cree verlo sentado en una silla, en su habitación. El padre, que está podrido de dudas y siempre tiene bien anclada en la realidad su pie de peaje, filma con su cámara doméstica esa visión que acaba de tener su hija. Fesser nos priva de contemplar lo que la cámara del padre graba. No sabemos qué ha visto Camino: si el vacío o si Dios. Al final de la película, como un trallazo, como una especie de rúbrica que escenifica el criterio ético del director, Fesser nos muestra las imágenes que el padre ha ido registrando durante toda su vida. Se ven las fiestas, los colores, la algarabía de la vida cuando el cáncer no había hecho doloroso acto de presencia, pero también van desfilando las escenas del abatimiento, los primeros dolores, el pañuelo anudado a la cabeza, la postración, y como seña identitaria Fesser nos da la imagen de la silla en la que Camino ha creído ver a Dios. No vemos nada. Está furiosamente vacía. La cámara (lo sabemos los que amamos el cine) no miente.
Nerea Camacho (preciosa, inteligente, intuitiva), Jordi Dauder (estricto, conciso, hipnótico) , Carme Elías (qué gran dama de la escena, qué empaque de actriz portentosa) y todos los demás actores de esta prodigiosa película (en muchos sentidos, didáctica, de obligada visión por las generaciones que se van, las que están y las que vienen) bordan lo que hacen: dan la talla como la trama merece. La tunda de premios (bofetadas al Opus Dei, decía un periódico, no recuerdo cuál, pero no era La Razón) está enteramente justificada. Parece que la taquilla, a fecha de domingo, día del evento goyesco, era paupérrima. 200.000 visitantes. Su salida al circuito comercial (videoclubs, alquiler legal en la Red, cable, digital) se está retrasando. Existe un lógico ánimo de propaganda ahora que la bondad infinita de la Academia la ha untado de éxito. Yo la vi tarde: me costaba entrar en esa vorágine de dolor y de redención a la que sabía que me iba a enfrentar. Es una de esas películas que no se limitan a contar una historia sino que involucran al espectador (ya esté en un lado del camino o esté en el otro) a considerar muchas de las cuestiones que ahora palpitan (qué verbo más efectivo) en la vida pública. Eso es lo bueno: que sea pública. Si todo fuese tan sólo una evidencia de lo privado…
Lo mejor: Los actores, que están sublimes. Las escenas oníricas.
Lo peor: Que lastimosamente sea una historia que este sucediendo y no una ficción.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 4 febrero, 2009

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