Jerónimo Mihura intenta realizar una película semejante a las comedias de “teléfonos blancos” que triunfaban en Italia o a las más sofisticadas hollywoodenses, con escenarios donde los cabarets y sus orquestas tomaban cierto protagonismo para adornar una trama divertida. Todo para relajar el conflicto bélico que flotaba en el ambiente. El director y el guionista (Jose Luís Sáenz de Heredia) no disimulaban la guerra que asolaba Europa e incluían claras referencias a ella en la cinta.

A destacar dos de los actores más carismáticos de la época: Alfredo Mayo y Fernando Fernán-Gómez. El primero, siempre asociado al régimen por sus papeles en distintas películas de propaganda, aquí también se erige en el líder del grupo de amigos, el más decidido a llevar a cabo el disparatado plan donde el “braguetazo” sería la solución.
Con un tono teatral y unas interpretaciones que rozan las declamaciones el toque surrealista, más cercano a las comedias de los hermanos Marx, lo pone el excelente actor Manolo Morán. Un profesional poco reconocido, eterno secundario que, sin embargo, se nos antoja imprescindible en este tipo de largometrajes.
