Fallida, por ambiciosa, hueca, íntimamente despojada de la chispa que se le exige a una cinta de esta envergadura mediática, Australia termina por aburrir al personal exigente. Al otro, al que va poco o nada al cine, esta es su cinta. Sin duda.

★★☆☆☆ Mediocre

Australia

La épica es otra cosa. Épica es Monument Valley con John Ford detrás de una cámara y un paisaje bíblico en el que sangra la tierra y los hombres deambulan, místicos y poderosos, buscando el fermento exacto de la leyenda, el aliento intacto de lo indómito y de lo vírgen. Épica es, a su modo, la historia de Tara y de sus legendarios habitantes y cómo el tiempo ha respetado el vigor de sus héroes, la inquebrantable salud de la historia contada y de la emoción salvada. Épica es Lawrence de Arabia o Doctor Zhivago. Si me apuran, hasta la trilogía de Stars Wars contiene una épica esplendorosa, un modo limpio y bien hilvanado de contar un cuento en el que sus personajes dirimen cuestiones más grandes que sus pobres almas, pero Australia no es épica, por más que el márketing navideño, el zorro dispositivo de carantoñas estéticas y mimos visuales que nos hace pagar la entrada y pegar el culo al asiento casi tres horas, disponga que Australia lo sea. No lo es porque Australia no forja héroes sólidos sino que garabatea personajillos tercos, hombres y mujeres y hasta un niño que se obcecan en conducir vacas por un espectacular territorio de fotogenia impecable y que sólo tuercen la testuz cuando los japos les cortan el vuelo y sajan, de cuajo, el anhelo romántico y los besos tórridos bajo el imponente cielo de las Antípodas.Australia no puede ser una gran película porque, en el fondo, carece de interés por serlo: su objetivo es saquear las taquillas y llevarse el premio a la película de las Navidades. En ese aspecto, a lo leído en periódicos y en blogs bien informados, ya está ahí, en la cima, convenciendo a la ciudadanía que el mejor modo de terminar el año, cinematográficamente hablando, es perderse en esta historia chunga de amores imposibles entre aristócratas y rudos cowboys de barba cerrada y torso moldeado en cualquier gimnasio de Beverly Hills con música de Mariah Carey de fondo. Australia es mentira al modo en que el cine debe serlo, pero con la pecualiaridad de que no disimula su impostura, su planteamiento engolado, mimetizado de un ciento de cintas pespuntadas con los mismos (débiles, en este caso) hilos. No llegas a darte cuenta del tostón megalómano que es Australia hasta que llevas dos horas de ecología, redención histórica y parches cinéfilos y piensas, entre el bostezo y la anarquía mental, que el mejunje narrativo podría haber colado de perlas en una de aquellas series que veíamos en el pasado, que es la estación más propicia para la melancolía y para los poetas: Grandes Relatos, creo que se llamaban. Los programaban a diario y de lunes a jueves te colaban la Historia de una familia de Kentucky desde que el tatarabuelo encontró pepitas de oro en un río de Alaska hasta que el guaperas del tataranieto, embutido en Armani y con un Lamborghini Diablo en el ocupadísimo garage, dilapida la fortuna entre furcias, empresas puntocom y maría colombiana de la buena. Hugh Jackman, un Rhett Butler abstemio que desayuna anabolizantes y zumos multifrutas, y Nicole Kidman, una no-creíble dama de alcurnia que deja todo su esplendor victoriano para perder el culo por unos acres de polvo, ubres de vaca y nativos místicos, han apostado por seguirle la corriente al mesiánico Luhrmann y se han dejado engolosinar por la peregrina y fantasiosa idea de que iban a protagonizar un drama bigger than life, cuando lo que han hecho (con su consentimiento) es un colorista y terriblemente largo panfleto sobre las bondades de los medios técnicos, que escora entre la comedia precariamente risible y el dramón de hondos designios cuasimetafísicos. Con retales de un ciento de películas que todos hemos visto, adorado y hasta olvidado (yo vi un Cocodrilo Dundee en algún tramo que ahora no sé o no quiero recordar), Australia se despereza entre la incontestable grandilocuencia cromática y su anoréxica pereza narrativa. Harticos de ganados bovinos, ovinos o porcinos, es lo mismo, que fatigan las infinitas praderas bajo un atronador manto orquestal, creemos que la materia estrictamente literaria va a tomar vuelo con la historia de amor entre la moza inglesa repentinamente convertida en patrona de un terreno tan grande como Segovia o como Extremadura entera, yo qué sé, y el cachas Jackman, que se desmelena en cabalgadas impregnadas de glamour, donde falta que el director, ensimismado en su gran obra de arte, pare la cámara y la vuelva a encender, y haga que el jinete luzca más sobre su mágica montura. Salvar a Kipling Flynn, un estupendo Jack Thompson, el único personaje que cae bien de verdad y al que uno quiere perder en el metraje, aunque luego las cosas, no es cuestión de quemar el poco interés que le quede a alguien, se tuercen.¿Tan mala es? Hay tal vez mil películas peores que merecen prosa y difusión para que el espectador incauto, no avisado, se aleje de ellas, pero Australia duele más íntimamente porque uno, en su inocencia, creyó ver en esta superproducción una especie de Lo que el viento se llevó versión siglo XXI. Lady Sarah Ashley, una cargada de mohínes Nicole Kidman, cada vez más perdida en su divismo post-Cruise o post-Kidman, quedará en la retina del espectador interesado en salvar algo de la quema como una especie de Deborah Kerr en Mogambo, pero menos pacata, más afectada por el honor y por la pérdida de su Tara particular, un palacete exótico incrustado en mitad de ninguna parte que responde al muy sinfónico nombre de Faraway Downs, que repiten hasta que Faraway Downs sale por tus orejas y se te va derramando, sílaba a sílaba, pecho abajo, como una mala (y larga) digestión…Juro por la panza danzarina de un canguro auténtico que la película no es mala de solemnidad, pero que tardé cinco minutos en olvidarla. He guardado unos trozos de contienente para escribir estas líneas. Ahora, permitidme, formateo esa parte de mi disco duro. Feliz Entrada de Año.posdata: Ah, y Over the rainbow, la pieza del Mago de Oz, la que canta Judy Garland, la termines aborreciendo. Y eso que hasta Eric Clapton, que no es hombre dado a estas delicadezas del star-system hollywoodiense, se tiró de cabeza a la piscina del riesgo y la cantó en un concierto del que tengo una estupenda copia en DVD. Me la pongo esta noche para recuperar el aire
Lo mejor: Jack Thompson, el borrachín, pero dura poco en escena...
Lo peor: Que el paisaje, por perfecto, aturde. Que todo huele a visto. Que nada se queda en la memoria. Que parece un Michael Bay que tras Pearl Harbour tenía gana de contar otra parte de esa historia...
publicado por Emilio Calvo de Mora el 30 diciembre, 2008

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