Si bien Death race podría pasar como otro film de acción convencional, salta a la vista el exceso del material que la origina, exceso que sólo puede encontrar su caldo de cultivo en el cine de bajo presupuesto.

★★★☆☆ Buena

Death race no es una película más de acción, ni una remake más. Para referirnos a esta película, no habrá que dejar de lado al nombre más destacado de los créditos, Roger Corman. Corman es uno de los pocos, sino el único, productor al que le cabe el sayo de “productor-autor” (es decir, productor con una idea clara y única sobre cómo se construye una película). Coherente al extremo en toda su filmografía, tanto como productor como director, ha sabido iniciar la carrera de grandes directores del cine, desde James Cameron y Ron Howard, hasta Peter Bogdanovich, Martin Scorsese y Francis Ford Coppola, y emplear a grandes actores, desde estrellas venidas a menos (Boris Karloff) hasta grandes promesas como David Carradine, Sylvester Stallone y Jack Nicholson. Los primeros dos fueron los protagonistas de Death race 2000, obra de culto producida por Corman en 1975 y dirigida por Paul Bartel. Esta versión remozada de la híperviolenta carrera automovilística de presidiarios, no busca ni consigue trascender como su original, pero al menos es un sólido producto de entretenimiento, con un director (Paul W. S. Anderson, director de películas de acción para adolescentes más o menos taquilleras como Mortal Kombat, Resident Evil o Alien vs. Predator) preciso en las escenas de acción, que tiende a perder cierto ritmo en el resto de las escenas, con Jason Statham a cargo del papel protagónico, quien luego de la saga El transportador, bien puede ser considerado el mejor intérprete de este género (infinitamente superior al otro calvo y peor actor Vin Diesel), y con una malvada interpretada por la muy convincente Joan Allen. Las violentas muertes de los presidiarios en las carreras podrían conformar un catálogo del absurdo, y parecen pertenecer más al terror gore que al cine de acción, y la idea de una violenta carrera que trepa en los ratings televisivos merced a su dosis de morbo, si bien es una línea secundaria de la película, está correctamente explotada, con la misma síntesis contradictoria que definía al thriller reciente Rastro oculto (el establecer un discurso sobre el morbo de los consumidores de espectáculo, sin dejar de apelar a la violencia para ello). Si bien Death race podría pasar como otro film de acción convencional, salta a la vista el exceso del material que la origina, exceso que sólo puede encontrar su caldo de cultivo en el cine de bajo presupuesto, y que aquí encuentra un buen equilibrio entre dos universos opuestos, tanto en lo estético como en la explotación de sus recursos, entre el Hollywood mainstream y el cine de Corman, tan marginal como celebrado por el público adepto al cine clase b. Si estamos demasiado acostumbrados a que Hollywood se mire el ombligo a la hora de las remakes, es para destacar cuando Hollywood decide echarle un vistazo al valioso cine independiente que convive con los estudios (y en el caso de Corman, que vive imitando o extrayendo ideas de él). Ideal para verla y luego ver a Carradine y Stallone en los papeles originales, y entender de qué se trata el culto en torno al cine de bajo presupuesto.
publicado por Leo A.Senderovsky el 29 diciembre, 2008

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