Nuevo retrato de la Cuba bloqueada, pero libre de complejos. Fábula deliciosa sobre un sueño común de felicidad levantado a golpes de ingenio y autenticidad. óptica irónica para enfocar realidades de fondo amargo.

★★★☆☆ Buena

Siempre he desconfiado de las bondades del dinero cuando te lo regala un muerto. Quiero decir que me repugnan las herencias si lo que consigue el finado es sembrar discordias entre los parientes afortunados. Y esto se da más veces de la cuenta. Los odios toman cuerpo y voz, los estómagos se santiguan, gratos ante la perspectiva del hambre saciado. Vaya, que somos un asco, capaces de hacer enemigos entre los más allegados.

De herencias y sus delirantes consecuencias nos habla lo último de Juan Carlos Tabío. Acorazado en su habitual claridad narrativa, el director -ya sin su alter ego, el malogrado Tomás Gutiérrez Alea- mete el dedo en los rincones miserables de un pequeño pueblo de Cuba y lo usa para hurgar en el sueño de un grupo de personajes por enriquecerse del modo más imprevisto. Siguiendo las líneas de una fábula social, la historia se ajusta a ese cine rabiosamente honesto, concebido como espejo agridulce de lo real, la humilde traslación en imágenes de humildes esperanzas, frustraciones, deseos y amarguras de toda una comunidad. La emoción, hilo invisible que atraviesa una forma de concebir el cine y la vida, salía a flote en FRESA Y CHOCOLATE (1993), bañaba las calles blancas en GUANTANAMERA (1995), aguardaba el autobús en LISTA DE ESPERA (2000). Historias todas confeccionadas en base a una óptica diáfana y sin dobleces, nutridas hasta reventar con la materia que da forma a nuestra ilusión de espectadores.
Nada me decepciona en esta nueva muestra de intrahistoria nacional. Tabío se marca una trama de flecos propiamente cubanos, aunque el dibujo del racimo humano envuelto en discusiones, encuentros fortuitos, ansias de progresar, termina siendo de lo más cercano. Es el milagroso efecto de un relato hecho desde lo minúsculo, pletórico de sana intención por abrazar ambientes irresistibles, la ternura y la melancolía impulsando el perfil físico y humano ante nuestros ojos. Y no defrauda por ofrecer todo lo que promete -pese a la paradoja del título-, un cuento delicioso sobre el inesperado legado que unirá a un ramaje de familiares dispersos por todo el país en una misma lucha por prosperar. No hay más -ni menos- que la sencillez en el trazo, la perfecta imbricación de las subtramas con el fin de dotar de carnalidad a la más entrañable, sutil y endiabladamente divertida película que pueden encontrarse en cartelera.
Jorge Perugorría retoma el rol que domina, y nos hace sentir a gusto a golpes de nobleza, regalando ejemplo de superación frente a la puta adversidad. Nadie como él para inyectar simpatía y frescura a este currante bonachón dispuesto a hacer todo con tal de encontrar el trozo de felicidad que les corresponde a él y a su familia. Encabeza él la marea de lugareños ávidos del dinero caído del cielo, dispuestos a dejar atrás los sinsabores de la pobreza. Racheada de aires casi berlangianos, alcanza la historia un amable tono tragicómico donde los apuntes políticos se dejan ver sin que suenen discursivos, no es el panfleto lo que pretende conseguir. Aún así, saltan entre líneas las ácidas críticas al orden cubano actual, produciendo cierto desencanto escuchar alusiones al bloqueo de EE.UU., el uso libre de los móviles o la endémica economía negra, todo ese catálogo de pillerías con que plantar batalla a la vida y seguir a flote.
Ejemplo vivo de optimismo el que nos ofrece un guión sin respiro asentado bajo los pliegues del enredo carente de pretensiones. Todo lo más -no es poco-, acercarnos el reflejo agudo de un mismo sentimiento de superación en un entramado cosido con imágenes naif, desnudas, pudiera creerse que puestas casi al descuido. Pero supongo que, más allá de refinados embalajes, lo esencial, aquéllo que calentará el ánimo y despertará la reflexión, se mima al detalle. Pocas veces puede lograrse con tanto respeto a sus personajes, con tanta pasión y desenfado, brutalmente sincero. Imagino también que el tratado sobre esperanzas truncadas que Tabío ha asumido como sustento dramático de toda su obra vuelve a engordar tras esta entrega. Qué mejor modo de acercarse a los arcenes de nuestra sucia sociedad que acogerse al cálido refugio de la parábola jubilosa y descabellada, a veces genuinamente histriónica. Tal vez sean los resortes de humor desacomplejado las válvulas perfectas por las que ir soltando el peso de una tristeza agazapada, disfrazada de entusiasmo mediante oficio y un profundo conocimiento de nuestras (humanísimas) miserias.
Lo mejor: Los actores, los brochazos de ternura, la perfecta mecánica del humor.
Lo peor: Que estas cosas no ocurran en la realidad.
publicado por Tomás Diaz el 11 noviembre, 2008

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