Donde se asienta el gran acierto de esta película es el los ojos de los dos protagonistas menores.

★★★☆☆ Buena

EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS

 

El punto de vista de los niños sobre las locuras de los adultos suele ser, cuando menos, interesante. La inocencia y la pureza de sentimientos demuestran el sinsentido que abunda en la sociedad. Las razones se tornan oscuras y la inteligencia brilla por su ausencia.

Ahora, pensad en un feliz niño ario acostumbrado a vivir tranquilamente en una lujosa mansión del Berlín de la segunda guerra mundial, sumadle un padre sin demasiados escrúpulos que aspira a ascender en el ejército nazi a toda costa y poned a ambos pegaditos a un campo de concentración. Por último, para guiar el aprendizaje del chaval hacia un suceso histórico difícil de entender para todos, añadimos una amistad con un niño judío al otro lado de la alambrada. El drama está servido.

Partiendo desde una novela que ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo, es difícil cagarla demasiado y, aún así, desde el punto de vista de alguien que no ha leído el libro, a la película parece faltarle algo. Como si el texto fuera suficiente para calar en el espectador y no se pusiera demasiado énfasis en volcarlo en imágenes. El mundo de la literatura y el de la cinematografía se mueven en terrenos distintos y no siempre se encuentran adaptadores lo suficientemente sagaces como para saber transformar el medio.

De todas formas, la película no decepciona, movida sobre todo por grandes interpretaciones. David Thewlis (“Harry Potter y la orden del Fénix”) llega a provocar verdadera aversión en el papel del amoral padre del niño sin grandes gestos, ayudado sólo por una aterradora naturalidad y Vera Farmiga está espléndida en su evolución de esposa inocente hacia la mujer indefensa que se da cuenta de que está viviendo con un monstruo.

Pero donde se asienta el gran acierto de esta película es el los ojos de los dos protagonistas menores. Los ojos claros, atentos y asombrados de Bruno, el niño alemán que descubrirá por qué los granjeros no son felices caminando de un lado para otro con sus pijamas a rayas y los tristes, huidizos y pesarosos de Shmuel, el niño judío condenado a vivir al otro lado de la reja por haber nacido en la raza equivocada.

Son las expresiones de ambos niños las que me provocaron verdadera congoja – amén de un final devastador – y aún así, uno tiene la impresión de que la relación entre ellos está desaprovechada. Las conversaciones son demasiado pueriles para niños de diez años y la cámara sigue más las andanzas de Bruno en su casa y el descubrimiento del horror del holocausto a través de los adultos que le rodean, cuando el jugo que se podría extraer de su relación con el niño judío podía haber dado mucho más de sí.

Así que, para variar, es probable que la palabra escrita haya sobrepasado de nuevo a la imagen, según comentan los que tuvieron la brillante idea de leer la novela antes de ver la película. Habrá que comprobarlo.

Lo mejor: La naturalidad de los dos niños.
Lo peor: El haber desaprovechado la relación entre ellos.
publicado por Heitor Pan el 14 octubre, 2008

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