Una película para reflexionar sobre la condición humana y los límites de la compasión

★★★☆☆ Buena

A ciegas

   Hace más de diez años que el premio nobel de literatura Jose Saramago publicó su novela “Ensayo sobre la ceguera”, y aún más desde que John Wyndham publicara su clásico de la ciencia ficción “El día de los trífidos”. Dos novelas muy distintas entre si pero con una cosa en común; ambas parten de la misma premisa ¿qué ocurriría si de repente todo el mundo se volviera ciego?

   Lo que en El día de los trífidos era la excusa para montar una historia apocalíptica sobre una especie de invasión alienígena a cargo de unas plantas asesinas (los trífidos), en la novela de Saramago sirve para reflexionar sobre los límites de la moral y la ética cuando nuestro principal sentido (probablemente al que mayor valor le damos ya que nadie se imagina como puede ser perder el tacto) desaparece y el mundo que conocíamos se torna un lugar oscuro y lleno de peligros.

   La película de Fernando Meirelles adapta la novela de Saramago y opta por dividir su relato en tres partes bien diferenciadas. Una muy corta, la primera, en la que asistimos al primer caso de ceguera repentina. Ya desde ese primer momento podemos ver como no tarda en aparecer alguien que pretende aprovecharse (y lo hace) del pobre infeliz. La segunda parte (la más larga) es la que nos traslada al centro de internamiento en cuarentena al que son llevados todos los afectados por la ceguera repentina. Es durante toda esta parte y, gracias al personaje de Julianne Moore (la única persona que ve en todo el centro) que se desarrolla casi toda la historia que se nos quiere contar y se nos envía también todo el mensaje (pesimista como no puede ser de otra manera en Saramago) sobre la naturaleza humana. Si en la primera parte un vidente se aprovechaba de un invidente, en la segunda, son algunos invidentes los que se aprovechan (de forma brutal) de otros invidentes más débiles. En esta división en grupos resulta determinante la presencia de un ciego de nacimiento entre ellos que, precisamente gracias a haber vivido con esa incapacidad durante años, resulta estar mejor preparado que ninguno para sobrevivir en tan dura situación. Por supuesto, es también la parte del film en la que más partido se saca al personaje que interpreta Julianne Moore quien, por compasión, tendrá que ocuparse cual enfermera de velar por el bienestar físico y psíquico de montones de desconocidos y, además, tratar de mantener a flote su relación matrimonial (su marido está entre los invidentes).

   La tercera y última parte de la historia abre una puerta a la esperanza y nos deja reflexionar sobre lo visto dejándonos, pese a todo, un poso de desasosiego ante tanta maldad esperando el momento de despertar.

   Sobre la película destacaría fundamentalmente el trabajado de sus actores, la mayoría de ellos estupendos, así como algunos aciertos en la dirección, como el uso de los fundidos a blanco y las sobreexposiciones de la fotografía para sumergirnos en la ceguera blanca de los personajes. También merecen una mención especial la cuidada forma en que están rodadas las secuencias más brutales (el siniestro viaje de las mujeres de la sala 1 a la 3 y lo que allí les espera) demostrando que se pueden crear sensaciones de repugna y asco sin tener que recurrir a la representación explícita, algo de lo que podría aprender el director de Martyrs.

   El por qué se ha esperado más de diez años para adaptar esta obra es un misterio que tan solo me atrevo a explicar por la catarata de títulos de trasfondo apocalíptico que venimos recibiendo en los últimos años. De hecho, en cuanto a puesta en escena, la película recuerda en gran medida a El incidente, de M.Night Shyamalan. Un ejemplo más del cine del miedo, del cine post 11s.

Lo mejor: Julianne Moore y casi todos los actores
Lo peor: Que llega en un momento de cierta saturación de títulos de similares características ambientales (no se si me explico)
publicado por Javier Paez el 8 octubre, 2008

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