Adiós pequeña, adiós

Decía Pablo, el opio del ateo, que si por la ley se alcanza la justicia, entonces Cristo murió en vano. Algo de eso hay en esta pequeña gran película. Adiós, pequeña, adiós contiene un dilema moral brutal que demuestra que la realidad no puede contenerse en la hoja de papel que es la ley. Ésa es la lección, toca avergonzarnos de nuestra falsa y orgullosa perfección.

 

Ben Afleck es un director prometedor o al menos sabe escoger proyectos cuando se trata de dirigirlos. Hay algo muy bueno que se persigue en esta película: la búsqueda de lo humano huyendo de lo superficial y de lo artificioso. En el intento se siente superada la cámara que fracasa al querer fotografiar la miseria humana. Encuadrar, como el travelling, es una cuestión de moral que diría Godard. Afleck todavía no es Satiayid Ray ni Víctor Erice pero intenta encontrar su moral.

 

Sin embargo donde Adiós, pequeña, adiós acaricia lo sublime es en la densidad y majestuosidad de sus personajes. La película no retrata la fatalidad de la sociedad en la que vivimos – como pretende o se tiende a interpretar – queda anotada su derrota, sino el temperamento y la naturaleza de los personajes.

El éxito – buscado o no – de Ben Afleck es convertir una película de tramas en una película de personajes gigantescos que mezclan el bien y el mal hasta destruir estos dos inútiles conceptos: un Bogart imberbe contrario a Peter Pan, una Lauren Bacall demoníaca y asustadiza, un comisario viejo que empieza a vivir de veras a sus 60 y tantos, un poli corrupto más bueno que el pan, una madre odiosa que ama amoralmente pero ama; todos, todos los personajes son únicos, espléndidos, imperfectos y contradictorios.

 

Si la historia o los personajes son pobres lo máximo que puedes tener es una mierda bien fotografiada. La historia que se cuenta o la grandeza de los personajes es lo que importa siempre. Reconozcamos de una vez los méritos del guionista, que en España por ignorancia es ninguneado.

 

El ritmo que se imprime es pausado y adecuado para el desarrollo de los personajes, los silencios golpean y te obligan a pensar. Lástima que Afleck no confíe del todo en la inteligencia del espectador que mira la película y se ponga pesado con flashbacks explicativos innecesarios.

 La duda de Hamlet se resuelve fácil con Ben Afleck, sé director y no seas actor, eso déjaselo a Casey.
publicado por Francisco Menchón el 8 octubre, 2008

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