Una inquietante combinación de Las Flores de Harrison, La selva esmeralda y El corazón de las tinieblas

★★★☆☆ Buena

Vinyan

   El corazón de las tinieblas es la novela que sirvió de base a Francis Ford Coppola para urdir el guión de Apocalipse now. Tanto la novela como la película narran el descenso por un rio que se adentra más y más en el corazón de la selva para mostrarnos poco a poco donde se esconde el lado más oscuro y siniestro del alma humana.

   Vinyan, de Fabrice Du Weiz, parece haberse inspirado también en dicho relato. En la película, una pareja debe adentrarse en la selva birmana para localizar a su hijo desaparecido, al que todos dan por muerto tras haber sido arrastrado por el tristemente célebre tsunami del pasado año.

   La decidida mujer que interpreta Emmanuelle Beart tiene también cierto parecido con el que levantara Andy McDowell en Las flores de Harrison, donde la esposa de un corresponsal de guerra desaparecido decide adentrarse en el conflicto Serbio-Bosnio para encontrarle, a pesar de que nadie cree que siga vivo. En el film que nos ocupa la  obsesión del personaje de Beart por encontrar a su hijo raya en la locura, y arrastra a su marido (Rufus Sewell) a correr enormes peligros, los cuales comienzan por pagar una gran suma a unos piratas para que les introduzcan en Birmania, país cuyas fronteras están cerradas.

Como no podía ser de otra manera, el viaje no tarda demasiado en complicarse y muy pronto se dan cuenta de que no pueden confiar en nadie y de que se encuentran solos en mitad de una espesa, sumergidos en una oscuridad que desconocen y, lo más extraño de todo, asediados por niños de siniestras intenciones.

   Du Weiz ya anticipa todo este desconcierto en la interesante secuencia del primer tercio del film cuando Beart se baja del taxi y deambula por las calles de Bankhog en busca del traficante que puede llevarle hasta su hijo. Si bien allí la selva es de neón y asfalto, la oscuridad, la desorientación y la desconfianza ya presagian que el viaje no será fácil y su final incierto.

   Otro de los aciertos de Du Weiz está en el uso del sonido, alternando silencios con ruidos ensordecedores en un crescendo insostenible en los momentos más duros de la historia.

   Pero probablemente lo que más llame la atención de este film sea su final, ambiguo y sobrecogedor, con un mensaje que parece certificar con sangre ese dicho tan español de “madre no hay más que una”.

Lo mejor: El uso del sonido y los desenfoques como metáfora del descenso hacia la locura de su protagonista
Lo peor: Su último tercio en el que la amenaza real se hace evidente y pierde algo de fuerza
publicado por Javier Paez el 7 octubre, 2008

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