Una película bien hecha no tiene que dejar una huella imborrable…

★★☆☆☆ Mediocre

Eso es lo que ocurre con la adaptación de un éxito de ventas como el escrito por John Boyne, una historia construida con los mecanismos idóneos para tocar la fibra sensible, desde la partitura musical de James Horner (omnipresente en demasiadas secuencias) hasta la decidida supresión de planos innecesarios por parte de Mark Herman (Little Voice, Tocando el viento), más parecido a un alquimista que a un cineasta con recursos para lograr engancharte y no sólo ‘ilusionarte’ en ciertos momentos.

De la historia no les voy a contar nada porque si ya es un crimen destapar al cadaver antes de tiempo, en este caso lo es aún más… Y no entramos en el viejo debate: una película es muy distinta de la obra literaria en que se basa, de hecho tendrían que ser dos productos totalmente independientes. Aún así, hay quien busca ciertas similitudes y el que esté en esas no descubrirá en esta película la acentuada mirada infantil que nos narra el relato desde las páginas del libro.

Adiós por tanto a la sutileza y la capacidad de sugerir, pilares inexistentes –aunque necesarios- en una propuesta que debe luchar contra la idea del ‘más de lo mismo’ e imponerse al recuerdo de La vida es bella de Roberto Begnini. Entiéndanme: no es por comparar, pero el tono de melancolía barata y la idea del juego inocente subyacen a lo largo de un metraje justo (y bien fotografiado) para que nuestro entretenimiento sea el deseado con este producto… ¡Vaya, volvió a salir la dichosa palabra!

publicado por Daniel Galindo el 28 septiembre, 2008

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