Gustan los realizadores orientales (John Woo al frente) de combinar en sus obras conceptos tan poco complementarios a priori como la violencia y la poesía. La violencia suele ser áspera, dura. Te obliga a cerrar los ojos, a volver la cabeza. La poesía, por su parte, a menudo está presente en forma de pequeños detalles (una bandada de palomas que remonta el vuelo o una flor arrastrada por las aguas). Esta dualidad (tan exótica para el espectador occidental) también existe en Bangkok Dangerous. Lo lírico se cuela entre tiroteos y persecuciones. Baste citar al respecto la secuencia en la que la muchacha sordomuda descubre la verdadera naturaleza de Joe o todas las escenas en las que aparece la imagen del elefante. Desde el punto de vista simbólico, resulta igualmente destacable la contraposición entre el protagonista y la ciudad escenario de la trama, es decir, entre Joe (sinónimo de muerte) y Bangkok (lugar que desborda vida).
Pero más allá de este plano alegórico, completamente subjetivo, apenas son plausibles otros aspectos de esta producción. Con independencia del estrafalario peinado que luce durante todo el filme, Nicolas Cage está en su registro habitual de los últimos tiempos, demasiado hierático para hacer creíble un papel como éste, en el que hay una acusada evolución del personaje. La acción, el teórico punto fuerte de la cinta, resulta a veces redundante, excesiva. Y el argumento en sí, con todos los dilemas morales que plantea, ya queda dicho que no es precisamente innovador.
Así pues, Bangkok Dangerous se revela como una propuesta en cierto modo decepcionante. Y que confirma el continuo vaivén de la trayectoria de los Pang (capaces de dar la cal y la de arena), al tiempo que certifica la deriva de la carrera de una actor, Nicolas Cage, incapaz de alcanzar el nivel interpretativo exhibido en Leaving Las Vegas (1995), de largo su mejor trabajo hasta la fecha.
Lo mejor: Los planos de Bangkok.
Lo peor: Nicolas Cage.
