Simple, concreto y contundente ejercicio de estilo.

★★★☆☆ Buena

El rey de la montaña

Uno de los recursos más efectivos para un buen thriller, particularmente para aquellos que poseen un estrecho vínculo con el cine de terror, es ceñirse estrictamente a un punto de vista y, desde allí, explorar el fuera de campo, aquello que no vemos pero está tan o más presente que aquello que efectivamente se nos presenta ante nuestros ojos. No hay nada más espeluznante que aquello que no podemos definir. Esta es la clave que vuelve atrapante la propuesta de El rey de la montaña, tercer film de Gonzalo López-Gallego, luego del multipremiado Nómadas y Sobre el arco iris. Como en la ópera prima de Steven Spielberg, el telefilm Duel, el protagonista (de quien no sabemos prácticamente nada) se ve acechado por un verdugo absolutamente desconocido, incluso para el propio personaje, quien se ve obligado a escapar, en este caso, de un despiadado francotirador que opera desde lo alto de la montaña. Lo arbitrario del recurso que pone en marcha el suspenso en la historia, es precisamente lo que favorece la tensión en la película. A esto hay que sumarle un formidable trabajo sonoro, que le permite construir, en los mejores pasajes del film, un fuera de campo aterrador. Más allá del inicio, con una inexplicable e injustificada escena de sexo que no aporta nada a la historia, la primera mitad de la película se destaca por su inteligencia en la puesta en escena, y por no necesitar de mayores explicaciones para lograr el efecto propuesto. Sin embargo, la película da un giro completo al correrse del punto de vista de Quim (el siempre efectivo Leonardo Sbaraglia) y mostrarnos la otra cara de la persecución, la dupla de francotiradores que acechan a Quim y Bea. Allí la película derriba toda la tensión que supo construir con astucia y el juego de gato-ratón pierde todo interés, y ni la minuciosa puesta en escena del clímax, ni el intenso plano final con el rostro compungido de Quim (ese final hace pensar que Sbaraglia entrega más de lo que el personaje y la críptica historia merecen), consiguen recuperar el nivel de suspenso que caracteriza las mejores secuencias de la película, quedándose en un simple, concreto y contundente ejercicio de estilo.
publicado por Leo A.Senderovsky el 20 septiembre, 2008

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