La previsibilidad, tan inherente al mismo concepto sobre el que Del Toro trabaja, es un factor de segundo orden cuando despliega su gran sentido del espectáculo.

★★★☆☆ Buena

Hellboy II: El Ejército Dorado

The Golden Army es probablemente la mejor película de su autor (quien hasta el momento, en líneas generales, no había ofrecido nada más que una llamativa mediocridad apoyada en el esteticismo vacuo), un Guillermo del Toro aproximándose a una fórmula estética y narrativa que aglutine todos los referentes temáticos que le inspiran en una Imagen sólida de espectáculo y ensoñación. La mirada melancólica – que en su precedente quedaba aislada entre tanta inconexa ornamentación – aparece ahora tiñendo el conjunto de perfiles que protagonizan la aventura como si se tratase de un viaje sentimental al tiempo que los escenarios y la simbología construyen el juego de universos entre lo humano y lo mitológico; Nueva York esconde a los seres fantásticos en sus bajos fondos y en las cloacas, los seres del inframundo y los seres humanos que deambulan por las calles ironizando en torno al (anti)héroe. Como en la secuencia del gigantesco Titán arbóreo que muere a manos de nuestro protagonista, la mirada de compasión – y un cierto sentir romántico a modo de homenaje a Tolkien y demás inspiraciones feéricas -impregna un relato que no olvida el humor punzante y la parodia.


El sentimiento deja una marca imborrable en una de las secuencias más poderosas de los últimos meses: Hellboy y su colega escuálido tragando botes de cerveza mientras cantan el tema de Barry Manilow. Sin Palabras, un plano secuencia en retroceso nos aleja del dúo (mediante una angulación casi cenital) al tiempo que nos introduce en el corazón de los personajes. Puro Cine. La sabia expresión de los caracteres que no se toman muy en serio a sí mismos pero que quedan realizados en un universo con leyes propias, libre de pretensiones y al servicio de la acción orgiástica. Que el último tercio de la película sea un espectáculo arrollador no impide concluir la historia con una punzada trágica (el suicido de la princesa) escondida tras la comicidad. Ese equilibrio de tonos es un sello inconfundible y una guía para el espectador.


Un guión mejor estructurado y una mirada más concisa sobre los personajes y el contexto explican la mejora respecto a la anterior entrega, a pesar de la arbitrariedad y la indefinición en ciertos pasajes y temas que se obstruyen en la redundancia, la exposición iterativa y el chiste fácil. La previsibilidad, tan inherente al mismo concepto sobre el que Del Toro trabaja, es un factor de segundo orden cuando despliega su gran sentido del espectáculo.
publicado por José A. Peig el 1 septiembre, 2008

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