La historia nos ha sido contada miles de veces, de hecho, y para aligerar el suspense argumental de la cinta, el neozelandés Andrew Dominik nos coloca como título lo que en otras ocasiones supondría la sorpresa del argumento. Aquí no, aquí partimos con esa base, y vamos descubriendo la historia que se teje alrededor de los personajes, de ese Jesse James mitificado que baja a lo terrenal y de ese cobarde Robert Ford que, decepcionado por su ídolo, busca artificialmente heredar la gloria que algún día podría tener su idolatrado.
Desde un punto de vista puramente antropológico y sorprendentemente atípico para un western, la historia transcurre en su primera mitad relatándonos los pormenores de la vida de la James Band, el grupo de bandoleros que se encargaban de asaltar trenes y bancos a las órdenes de Jesse y Frank James. Quizá una introducción bastante alargada, pero realmente efectiva que va construyendo a los personajes a través de su entorno.
Para ver toda la carne en el asador y saber las cartas con las que juega el director hay que esperar una hora y media de metraje, es entonces cuando realmente comienza la historia de claroscuros interpetativos y de acciones frias y calculadas, toda una bajada a los infiernos que desemboca en un final que sorprende por las circunstancias, a esas alturas, vale más la gloria de acabar con la leyenda que la lealtad entre compañeros.
Visual y artísticamente la película tiene cierto interés. Desde la fotografía casi tenebrista de Roger Deakins para nada asociada al western, hasta la música del fabuloso Nick Cave y Warren Ellis, pasando por unas interpretaciones no tan magníficas como las han querido pintar, al menos para este que escribe, pero desde luego muy estimables. En definitiva, una buena película que podría haber llegado a mucho más, pero que tristemente se pierde por su excesivo metraje.
