Resulta tan eficiente en su juego técnico como plúmbea y arbitraria en su contenido.

★★☆☆☆ Mediocre

Al final de la escapada

Quizá A bout de souffle sea la pieza que – puesta la fijación en sus virtudes – resume la diferencia entre un criterio autoral y un criterio ocioso, la construcción semántica frente a la construcción exclusivamente técnica entendida como un acto reaccionario, aquello que en un primer momento inspiró la nouvelle vague. Este es un debate inconcluso, y de momento parece que Jean-Luc Godard y su troupe de cineastas-escritores que quisieron reafirmar la creación viva y espontánea bajo la excusa de la idea de autor, fueron los primeros rebeldes a quienes se les dio voz y crédito en una sociedad necesitada de ritmos y medios de expresión en sintonía con la fractura ideológica y la consecuente agitación social. Sonaban los primeros ecos de la postrer contracultura y la imagen canalizaba un presagio de caos posmoderno, artificio que afirmaba la necesidad en el ámbito de la representación. El montaje y el uso volatilizado del raccord son el mismo destello que marcan las inquietudes de un tiempo, un espacio y un cine transicional.


Quisieron deconstruir el patrón clásico y evidenciaron las posibilidades del cine como versátil medio de expresión en cuanto a la caligrafía utilizada, ampliando la variedad de miradas, de temáticas, texturas y estructuras. Desde aquí afirmamos que la expresión clásica es siempre una construcción de valía y efectividad incuestionables, y que incluso cuando alteramos la técnica y la semántica el valor que queda al final de la secuencia será la imagen de lo clásico, y que sin esta imagen todo queda en mero artificio. El artificio, en A bout de souffle, es la mirada de una transición que fructifica en grandes obras. Jean-Pierre Melville sería un buen exponente (Le samourai). La deconstrucción nos lleva a la misma narrativa (épica o lírica) que vivifica en la mirada clásica. Jugar con el lenguaje, en definitiva, hasta encontrar la misma verdad aunque las formas de la inspiración, el contexto social o las necesidades sean distintas.

La verdad – lo clásico – es la categoría de lo excelso, independientemente del contexto temporal, estético o social. No es simplemente una convención, no es tradición, sino una realización óptima de la onda expresiva cuando esta fluye en el lenguaje fílmico. Esta obra de Godard – de mediocre autonomía, nada más que un punto de inspiración a partir del cual reinventar el camino- resulta tan eficiente en su juego técnico como plúmbea y arbitraria en su contenido. Prescindir de las reglas del lenguaje sin ser capaz de llegar a ese patrón que clarifica la Imagen mediante la creación de una ley singular, la de un autor o club elitista.
publicado por José A. Peig el 28 agosto, 2008

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