A caballo entre la rendición comercial y cierto aire crepuscular, Al límite es una aceptable cinta de acción, con un Mel Gibson en estado de gracia, que salva un guión previsible, eficaz, pero muy previsible…

★★★☆☆ Buena

Al limite (edge of darkness)

Hubo una época en la que el cine programado en televisión, a falta de presupuesto para comprar taquillazos, tiraba de Charles Bronson, que representaba la testosterona pura, el vigor masculino sin el glamour del héroe de acción, asilvestrado y en su más indigesta esencia. Charles Bronson explotaba una demanda ancestral que se explica en la necesidad colectiva de un justiciero expeditivo, no necesariamente atractivo ni inteligente, pero imbuído de un carácter básicamente noble, inspirado en la brutalidad de la sangre, en el tufo animal de la venganza. Insisto en Bronson, que murió muy viejito y comido por el devastador Alzheimer, pero podría acudir a Harry Callahan en donde otra bestia de violencia políglota (Clint Eastwood) exhibía idéntica o superior musculatura moral y la misma ausencia de pudor a la hora de acometer el limpiado escénico.
El justiciero Gibson aquí retratado no sana a una sociedad infectada de delincuentes de poca monta o asesinos despiadados, desalmados, de imposible reinserción civil: lo que tenemos en Al límite es un ente abstracto, una maldad corporativa que bajo la moderna causa ecológica levanta un argumento intenso, con momentos verdaderamente ágiles, que no decae en ningún momento, pero que no alcanza (en ninguno de sus tramos) el cénit, la sensación sublime de estar asistiendo a algún tipo de espectáculo valioso. Aquí, a pesar de que a uno le mueva cierta indulgencia, no hay nada reseñable, nada que trascienda o aspire a adquirir marchamo de clásico. No sé a estas alturas qué clásicos estamos dando, en qué patrón estético fijarán las generaciones venideras su visión del cine que se factura hoy. Probablemente incluyan a Haneke, a Scorsese, a Allen, al mismo Eastwood. Y no me extiendo, aunque podría.
Al límite es un thriller que se cierra en su propio trailer, pero que no excluye un visionado más pausado, uno que elimina la tralla violenta (que la hay y en algunos momentos en grado superlativo) y se fija en la periferia, en las puntuales pistas sobre la ética del mercenario (un Ray Winstone absolutamente pletórico en un papel goloso como pocos) y en las reflexiones (algunas están aquí bien servidas) sobre la inmunidad del Poder (así, en mayúscula, aséptica y trascendentemente escrito) a la hora de silenciar todo lo que lo amenace.
Gibson borda (sin estridencias) al policía crepuscular, no particularmente dotado para la acción, pero conjurado a vengar la muerte de su hija y, en ese tortuoso camino de redención, encontrar un lugar desde donde poder seguir viviendo. Es Craven, el antihéroe involuntariamente arrojado a las calles, el que soporta una cinta que se permite dar freno al vértigo, poner a este Bronson del siglo XXI ante el espejo y rogarnos que sepamos mirar y encontrar cierta mansedumbre en mitad del caos al que todo acaba conduciendo.
Lo mejor: Gibson, su racionamiento inteligente de la violencia
Lo peor: La poca ambición que exhibe.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 2 marzo, 2010

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