Kusturica se ha alejado de la contundencia ideológica de Underground para consolidarse en una contundencia estética, que genera simpatía, provoca carcajadas, y traspira felicidad, aunque no deja de mostrar cierta considerable afectación.

★★★★☆ Muy Buena

Prométeme

Kusturica sigue en el tren de las comedias saturadísimas de color, alegría y locura, una constante en la folklórica filmógrafía del director serbio. En este caso, nos cuenta una historia alejada de la toma de posición histórico-ideológica que caracterizaba a Underground, su insuperable obra maestra. Aquí el discurso puede desprenderse de la diferencia campo-ciudad, más allá de algunos apuntes cómicos que asemejan a los habitantes de ambos espacios (el abuelo espía igual que la vecina de Jasna, por ejemplo), el espacio del campo brilla por su inocencia y su carga de bondad, frente a la locura de la ciudad, espacio en el que sobresalen los prostíbulos, la perversión de cualquier tipo, y la esclavización de mujeres. No hay mucho más subrayado ideológico que ese. Prométeme, más allá de ser una digna y lógica continuación dentro de la serie de alocadas y explosivas películas de Kusturica, puede recordar el humor grotesco y exacerbado de otros realizadores y otras obras, como El secdleto de la tlompeta, aquel magistral cortometraje de Javier Fesser realizado el mismo año que Kusturica se consagraba con Underground. Probablemente puedan hallarse más de un punto de encuentro entre Fesser y Kusturica, más allá de la “importancia” que ha adoptado el nombre de Emir Kusturica, no solo en el ámbito cinematográfico, sino también en la difusión de la música de raíces gitanas, gracias a la fama que ha adquirido la No Smoking Orchestra (con Kusturica como maestro de ceremonias). Kusturica y Fesser comparten cierto gusto por la comedia desaforada, pero el director serbio ha ganado un lugar único en el cine, al haberse convertido en el principal realizador en plasmar en la gran pantalla todo el folklore balcánico, según su propia y particular óptica, una óptica que nunca pasa desapercibida. Volviendo a Prométeme, difícil es no verla como una sucesión de momentos y personajes desquiciados, extremos y por demás absurdos. Así lo es, y en todo momento. Este conjunto, sazonado con la música de Stribor Kusturica (música que, a diferencia de la de Goran Bregovic, el mejor colaborador que ha tenido Kusturica, no termina de integrarse completamente en la historia, y queda como un elemento más, que sirve solo a los efectos de intensificar el desborde permanente), denota por momentos esa forzada intención de darle a todo el paquete un tono de imparable desquicio, y este tono quizás funcione solo en la catarata de gags físicos y en la simpatía que generan varios de estos personajes, quienes no paran de mostrar con todo el abanico posible de gestos, su enorme felicidad. De esta fastuosa clase de sobreactuación, no se salva Miki Manojlovic, el farsante de Underground, acá interpretando a otro farsante, un poco más violento y perverso, y más desbordado que nunca. Kusturica nos recuerda a Underground en un diálogo hacia el final de la película, cuando uno de los personajes dice que la Segunda Guerra Mundial no ha terminado, pero se ha alejado de la contundencia ideológica de aquella para consolidarse en una contundencia estética, que genera simpatía, provoca carcajadas, y traspira felicidad, aunque no deja de mostrar cierta considerable afectación.
publicado por Leo A.Senderovsky el 21 agosto, 2008

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