El sintetizar una serie de acontecimientos históricos en la piel de dos amigos inseparables que buscan la paz entre ambos pueblos, no hace más que reducir considerablemente la historia real, al sencillo y un tanto infantil golpe de efecto dramático.

★★★☆☆ Buena

Oh, Jerusalén

El director francés Elie Chouraqui adapta la novela de Dominique Lapierre y Larry Collins, sobre la guerra de la independencia de Israel, una historia muy poco transitada en la gran pantalla. Con esta novela, arma una superproducción que coloca, desde su propia mirada y desde los personajes, un discurso extranjero y for export del conflicto. Esta mirada incluye una primera línea narrativa que simplifica notoriamente el conflicto en dos amigos, un árabe (Saïd) y un judío (Bobby), que son llevados por los acontecimientos a enfrentarse, cada uno representando a su pueblo. Si bien esta línea posee momentos narrados con inteligencia (ejemplo de esto es cuando ambos amigos se muestran contrariados frente a la declaración de independencia de la ONU, al saber que este hecho afectará, para bien o para mal, al otro), el sintetizar una serie de acontecimientos históricos en la piel de dos amigos inseparables que buscan la paz entre ambos pueblos, no hace más que reducir considerablemente la historia real, cargada de enormes y complejas aristas, al sencillo y un tanto infantil golpe de efecto dramático. Si tomamos como ejemplo una película como Sunshine, de Istvan Szabó, donde se narra la catarata de hechos históricos que se sucedieron en la primera mitad del siglo XX a través de los constantes vaivenes de una familia judeohúngara, allí esa reducción funcionaba porque la película trabajaba el problema de la identidad en esa familia, concepto y conflicto que servía de contención a las subtramas melodramáticas que se sucedían. Aquí, sin embargo, la superficialidad del conflicto principal sirve solo a los efectos de un mensaje de paz, que encuentra su clímax en las palabras que se leen al final, pero en sí no logra brindar una reproducción que sepa contener los múltiples elementos que se ponen en escena a la hora de hablar del interminable conflicto entre árabes y judíos. Muestra de ello son los varios lugares comunes en los que cae constantemente la película, como cuando Bobby afirma que el Corán no es un libro de guerra, la tendencia a pintar a los árabes como seres grotescos, híper-gesticulantes y poco civilizados, o el hecho de estar hablada casi en su totalidad en inglés (elemento más for export que esto…). Sin embargo, hay elementos puntuales que alejan a Oh, Jerusalén de ser una producción execrable. Chouraqui, sin caer en demasiadas obviedades, dirige correctamente y con cierta destreza técnica, mientras que los mayores méritos se encuentran en la estupenda caracterización de David Ben Gurion a cargo de Ian Holm, en la relevancia que pone la película en la figura de Golda Meir y su papel como diplomática en esa época, y en la meticulosa recreación de la declaración de la independencia, que aquellos que han visto alguna vez las imágenes de este acto, sabrán apreciar y considerarla como la escena más lograda de esta película.
publicado por Leo A.Senderovsky el 21 agosto, 2008

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