Demasiados traspiés para una película de Sidney Lumet. La desventaja de tener una obra tan sólida a sus espaldas es que a un director de este tamaño siempre se le pide un largometraje de gran nivel.

★★☆☆☆ Mediocre

Antes que el diablo sepa que has muerto

Recuerde aquellos pesadísimos días de mudanza –yo, desgraciadamente, he tenido muchos-, a la hora de decorar una habitación y después de haber elegido el color que le gustaba para sus paredes, de colocar sus muebles favoritos y de colgar sus mejores cuadros, después de todo eso ¿no ha tenido la sensación de que el resultado no era el deseado y de que algo no encajaba? Una impresión parecida es la que me ha provocado la visión de la última película de mi admirado Sidney Lumet. Y es que, a priori, el proyecto contaba con unos activos magníficos (prestigioso director, excelentes actores, historia atractiva…) para que la cinta hubiera acabado como una de las mejores del año. La realidad ha sido bien distinta.

Es cierto que la técnica utilizada ha sido la adecuada. Lumet, todo un lobo de mar cinematográfico, ha sabido capear el temporal fotográfico que le imponía una historia tan oscura como la de dos hermanos desesperados que roban el negocio de sus padres. La dura luz sobre los rostros de los protagonistas y el acertado uso del gran angular para los momentos de tensión o el teleobjetivo para subrayar el agobiante entorno de la ciudad, confirman la profesionalidad de este gran realizador. Su dominio de la cámara en interiores ya no sorprende a nadie después de los ejercicios de estilo realizados en más de cincuenta años de carrera. El problema no ha sido técnico, no, lo que ha fallado es casi todo lo demás.

El apartarse de una estructura lineal puede resultar interesante –Lumet ya ha experimentado con flash back en anteriores producciones de manera brillante, piénsese en El Prestamista- siempre que se respete el juego que cada uno se imponga. Me explico: si el punto de vista es lo que señala cada ruptura de la trama, habrá que tener especial cuidado en no perderlo en ningún momento. No se deben montar escenas donde el personaje desde el que se está narrando no esté presente. Lumet comete ese fallo en todos los episodios, no sé si de forma intencionada; el caso es que no queda bien.

La trama es previsible, pero ese no es el error, de hecho el realizador avisa con buen criterio de lo que se avecina cuando, en el arranque, los ladrones se cruzan con una siniestra furgoneta, un coche negro de aspecto fúnebre. Es el desarrollo final lo que da al traste con todo lo realizado anteriormente: una anómala conclusión que no encaja con el realismo que suele acompañar a las mejores cintas de Lumet.

Esa realidad entendida por el director en "12 Hombres sin piedad", "Larga jornada hacia la noche" o "Tarde de Perros" es el resultado de un trabajo previo extraordinario con actores y actrices. Me gustaría saber qué es lo que ha ocurrido en esta ocasión para que las actuaciones de los dos personajes principales -nada que reprochar al gran Albert Finney- de una sensación de falta de sinceridad.

Demasiados traspiés para una película de Sidney Lumet. La desventaja de tener una obra tan sólida a sus espaldas es que a un director de este tamaño siempre se le pide un largometraje de gran nivel. Es como si después de haber gastado dinero y energías en pintar una habitación y amueblarla al gusto de cada uno, los cuadros quedan torcidos o la televisión no se ve desde nuestra butaca o sofá preferidos.

publicado por Ethan el 6 agosto, 2008

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