La película se toma demasiado en serio a sí misma y naufraga por causa de esa indefinición. Nos queda la cinematografía metabolizada a través de la memoria sentimental. Un despropósito, pero no hay que dejar de verla. Divertidísima.

★☆☆☆☆ Pésima

Doomsday

Doomsday, o cuando la esencia de una obra fílmica es el referente. No importa que la puesta en escena de Neil Marshall invoque la electrizante tragedia de la ópera futurista cuando el ensamblaje de piezas obliga a pensar el cine como reciclaje, elaborado apelando directamente a la memoria del espectador. Memoria y cinefagia. La revisitación nostálgica nos trae de nuevo la eterna dicusión cuando tenemos delante un producto fundamentado en una época y unos mitos determinados; narración frente a lírica, porque Doomsday no desarrolla un drama de acciones, sino que se convierte en una evocación lírica de unos iconos y formalismos que van desde Peter Jackson, pasando por James Cameron, Steven Spielberg y hasta George Miller, miscelánea de serie B retrocediendo en el tiempo a ritmo de homenaje más o menos disimulado. Esto solo es válido como ejercicio sentimental.


Llega a ser un espléndido entretenimiento, cine de acción dotado de un eficaz sentido del ritmo y un montaje que articula con descaro toda la variedad de géneros y escenarios. Pero, atendiendo precisamente a las operaciones del montaje, es evidente que la película no juega sus cartas con claridad; en una de las líneas puesta en boca del personaje al que da vida Malcolm McDowell, y en la que culpa a la civilización en declive que se oculta al otro lado del muro de ser la causante del mal que pretenden remediar, la posterior secuencia recrea las imágenes agónicas de la muerte, la traición y el egoísmo de los responsables institucionales. La narración vira hacia un tono de tragedia colectiva que no corresponde con la ligereza del reciclaje que se convierte en desenfadada lírica cuando pasa por el filtro de la memoria del espectador. No posee, por otra parte, una construcción de personajes con la suficiente entereza en concordancia con el dramatismo que se pretende recrear.


Sí, la película se toma demasiado en serio a sí misma y naufraga por causa de esa indefinición. Nos queda la cinematografía metabolizada a través de la memoria sentimental. Un despropósito, pero no hay que dejar de verla. Divertidísima.
publicado por José A. Peig el 30 julio, 2008

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