Híbrido entre comedia negra y thriller más reflexivo que taquicárdico, salpicado de excelente humor y con un decorado natural insuperable. Excelente Colin Farrell en este nada convencional tratado sobre la culpa, la redención, el autodescubrimiento.

★★★★☆ Muy Buena

Escondidos en Brujas

El final descaradamente trágico de este curioso thriller vierte los pensamientos de un Colin Farrell moribundo, con la noche de Brujas dando acta notarial de una nueva alma redimida. En un plano subjetivo deudor de ATRAPADO POR SU PASADO (Brian de Palma, 1993), rasgado con los acordes melancólicos de Cartel Burwell, la ciudad hermosa observa al asesino y parece perdonar el pecado que le confinó a sus calles envueltas en neblina, a sus fríos canales con aroma a chocolate caliente. Como hiciera Carlito Brigante, el personaje queda sumido en su íntimo vis a vis con la vida, dotando de un sentido -apresurado, siquiera tanteado pese al tormento recorrido- a la muerte que le recibe.

Pero la lógica del género, apenas perseguida en el relato, tampoco reviste esta última escena, empeñada en ironizar sobre el destino del protagonista en lúcida conciencia del infierno eterno. El humor nos recuerda que la cosa no va en serio, que el debutante Martin McDonagh sortea la grandilocuencia épica del antihéroe humanizado y se escora hacia la comedia negra de pliegues tan europeos, bien entendido el término en su mejor sentido. Su apuesta triunfa si aceptamos el híbrido como producto más reflexivo que taquicárdico, perfilado con el esquema de una buddy movie orientada a los espacios íntimos, al viaje interior de los asalariados del crimen antes que al paroxismo adrenalínico. El revés de la justicia queda encarnado en estos dos opuestos forzados a convivir en territorio ajeno a su hábitat natural, rodeados de esplendores góticos que hacen sacudir la idea del impulso homicida, o suicida, de cualquier tipo de muerte que impida gozar del cuento de hadas propio de un sueño bondadoso. El guión insiste en la idea, dibuja la espectacular ciudad belga como un protagonista más, foco del postalismo colorista de muchas escenas, pero también refinada metáfora que otorga talla moral a la historia, su salida de tono, su heterodoxia, su magnetismo.

Para los que conocemos Brujas se hace fácil admitir el escenario en su dimensión narrativa, actuando como eje sobre el que pivotan las extrañas criaturas de esta ficción, un entretenimiento con poso existencialista, suavemente bañado en los códigos del suspense con ramalazos de psicología criminal de medio alcance. Porque si bien concede McDonagh el placer de contemplar una simbólica intriga de temple sosegado, pausada como barcas de turistas sobre las aguas del canal, el diálogo de conceptos que propone queda eclipsado por el tono gamberro, ligero y desenfadado con el que se plasma. De esta forma la acción canónica y previsible se somete al dictamen de unos diálogos inspirados, libres de complejos, levemente paródicos en golpes de efecto casi siempre eficaces, ocasionalmente brillantes. La broma puntiaguda como resorte para disertar sobre el bien y el mal, dualidad que marca la experiencia de los dos matones hasta el punto de hacerles valorar lo bueno -es decir, lo legal, lo normal, lo gozoso- de la vida, aquéllo que se deja atrás en aras de la mecánica homicida.

Rechazada la solución dramática típica, ESCONDIDOS EN BRUJAS opta por elaborar un discreto discurso en torno a la culpa que late irremisiblemente en nuestros actos. El protagonista -inmenso cómico Colin Farrell, llena la pantalla de ingenio irlandés desbordante-, afligido por la imprevista muerte de un niño, se reconoce digno de castigo e incluso siente la tentación del suicidio. El director, mediante los chistes sobre la ciudad, evita ahondar en la llaga y conducir al molesto chute de moralina, cosa de agradecer. Así se desliza mejor el intento de hacernos pensar sobre el pasado delictivo -pecaminoso, por qué no- que exige redención, esa carga de humanidad dolorida, el malherido código de honor que hasta el más mezquino y siniestro de los asesinos se ve obligado a obedecer. Para constatar el complejo dilema moral, la encrucijada que les asedia, McDonagh nos presenta a un Ralph Fiennes oscuro y diabólico, verdadero "malo" malísimo de la función, quien impulsa el tramo final hacia sendas más trilladas, peor resueltas, con las que terminar de dibujar estos nada convencionales paisajes de la expiación.

Como si de una suerte de noir meditativo y burlesco -a partes iguales- se tratase, la película se cose a base de imágenes sobrias, escritura visual firme, sin aspavientos, con un ritmo bien ajustado al entramado de mala conciencia que sobrevuela en las secuencias. Curioso grupo de secundarios, aunque quizá sea el enano Jordan Prentice el que mejor ilustre los vicios, corrupciones y desparrames propios de los nuevos tiempos, el recurso al hedonismo que los protagonistas asumen una vez presentidas las negras sombras que pueden enturbiar tan idílico entorno. Un paso más en su extraño proceso de revelaciones mutuas, de verdades ocultas, de autodescubrimientos. La culpa ahoga -podría concluirse-, pero no impide exprimir la última gota a la vida, aunque sea en mitad de la recóndita y exótica Bélgica.
Lo mejor: Colin Farrell (no sabía que era un cómico soberbio). La mezcla de géneros, el poso reflexivo, todos y cada uno de los planos en que aparece la maravillosa Brujas, el humor gamberro.
Lo peor: Ciertos baches en el ritmo y poco más.
publicado por Tomás Diaz el 16 julio, 2008

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