Un cuento terrorífico adaptado a la repostería y un producto tan previsible como indigno, en el que se hecha en falta algo más de mala baba.

★☆☆☆☆ Pésima

The Gingerdead Man (La galleta asesina)

Desde que Hitchcock hiciera Los pájaros a principios de la década de los 60 no han sido pocas las películas que han basado su eficacia en incorporar el terror a lo cotidiano, trasformando a alegres y dicharacheras criaturas, o el más común de los objetos, en seres peligrosos y malignos. El subgénero de los objetos diabólicos ha dado cobijo a todo tipo de chirimbolos maléficos, desde coches (Christine), hasta juguetes (Muñeco diabólico), o cintas de video (Ringu), un surtido elenco de cachivaches que en muchas ocasiones ha rayado el ridículo, alejándose del terreno más terrorífico para adentrarse de lleno en la autoparodia y el humor chusco. Como paradigma de esta tendencia encontramos a la irreverente El ataque de los tomates asesinos, película muy afín a la que hoy nos ocupa.
La cinta nos cuenta como el testimonio de Sarah, una joven y atractiva pastelera, manda a la silla eléctrica a un psicópata de mucho cuidado, el cual momentos antes de la ejecución jura y perjura vengarse de la susodicha. Como la madre del criminal resulta ser una poderosa hechicera y cocinera, el villano regresa de la tumba en la forma de una hostil, peligrosa y sabrosa… ¡galleta! ¡La galleta asesina! ¡La pesadilla de cualquier intolerante a la lactosa!
Trama de juzgado de guardia al servicio de un producto alevoso donde los haya, donde el escaso presupuesto hace juego con las parcas pretensiones. La cinta empieza con unos títulos de crédito muy a lo Tim Burton, en los que vemos a las letras intercalarse con primeros planos de la cocina de un pastelero, como indicándonos que algo maligno se está cociendo allí. La puesta en escena, con ayuda de una correcta banda sonora, intenta captar ya desde un principio esa comicidad tan habitual en el cine de Burton, pero enseguida queda claro que nuestra cinta juega en otra liga. El 95 por ciento del metraje pasa exclusivamente en el interior de la pastelería, y se excluyen del filme escenas tan importantes como el momento en que el villano es estofado en la silla eléctrica, cuya ausencia en la narración solo puede deberse a la ya nombrada escasez de fondos. El montaje, en un principio, resulta algo confuso, pero funciona mejor cuando avanza la acción y la narración se vuelve más lineal y por lo tanto, más fácil de manejar para manos no demasiado diestras. Abundan los primeros planos algo toscos, sobretodo en lo que concierne a la presentación de la criatura, pero no hay duda de que la galleta no habría sido capaz de soportar un plano entero. A través de una larga letanía de monólogos absurdos e innecesarios, los personajes acostumbran a contar en voz alta todo lo que hacen en pantalla, convirtiéndose esto en un tic molesto y tan redundante como sus propios registros faciales.
El encargado de amargarnos los dulces es Charles Band, un director, productor y guionista americano muy vinculado al fantastique más bizarro y a los monstruos de reducido tamaño, lo que se deduce de títulos tan llamativos como La venganza de los muñecos, La rebelión de los monstruos, Dollman, El amo de las marionetas o Ghoulies II. Como en sus anteriores trabajos, Band se rodea aquí de su equipo habitual, entre los que se encuentra Domonic Muir, autor entre otras cosas del guión de Critters (se ve que esto de las pelis de monstruos a pequeña escala es todo un submundo). Del apartado artístico solo destaca la presencia del veterano actor Gary Busey (el malo de Arma Letal, para que nos entendamos) encarnando a la galleta psychokiller, porque el resto son un seguido de adolescentes de medio pelo, caras semi conocidas de la pequeña pantalla y secundarios reciclados de series como CSI, que no merecen mención alguna.
La galleta asesina tiene unas claras referencias que evocan obras anteriores (Muñeco diabólico y compañía), y arrastra los condicionamientos y códigos genéricos comunes en este tipo de productos de baja estofa y consumo rápido (guión absurdo, gore zafio, chistes fáciles…). La cinta es un cuento terrorífico adaptado a la repostería y un producto tan previsible como indigno, en el que se echa en falta algo más de mala baba. El resultado final es una ejemplar nadería de lo más inocua, que solo tiene algún sentido como juguete privado para el aficionado sin reservas, y que uno puede olvidar en cuanto ha finalizado.
La frase: “¿Qué miedo podemos tenerle a una galleta?”
Lo mejor: Ver como una galleta empuña cuchillos, dispara armas y conduce coches, delirante.
Lo peor: Se echa en falta algo más de mala baba.
publicado por Cecil B. Demente el 13 julio, 2008

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