Una pieza curiosa, que no desaprovecha los trucos visuales y su poder evocador, aunque su didactismo encalla en la exposición estática.

★★★☆☆ Buena

Waking Life

La realización de Richard Linklater ejemplifica los dos polos entre los que imperativamente nos movemos los creadores de estéticas, siempre en busca de ese acto de comunicación singular que legitime el arte en su función social: mensaje y textura, averiguar el sistema de signos más útil en función de la Idea. La necesidad de un lenguaje que nos traslade al ámbito de lo real, tangible, aún cuando muy a menudo la inspiración parte de intuiciones instransferibles.

 Waking Life simboliza la experiencia -un patrón de existencia colectiva, una idea lírica con intenciones didácticas – mediante el discurso hablado y la estructura visual en un sencillo flujo de resonancias mutuas. Imagen y Palabra. No hay más que detenerse con el visionado de cualquiera de sus microsecuencias para comprobar que su lenguaje funciona, que la exposición filosófica fluye armoniosa con cada metamorfosis en el campo visual, lo cual provoca esa fascinación de la que tanto se habla.

  Se adentra en distintas corrientes filosóficas siguiendo una secuencia bastante esquemática a nivel de conceptos, sin llegar a elaborar una síntesis relevante a nivel de exposición cinematográfica (el que era, desde nuestro criterio, el mayor potencial de la película, desaprovechado); Platón, existencialismo, orientalismo, corrientes postmodernas, pseudomitologías y axiomas new age, pasando por los agoreros de la Nueva física, todos discurren en una tonalidad vaporosa y narcoléptica afin a un signo de los tiempos que ahora nos afecta, con un llamativo uso de la infografía. El discurso eclosiona con el sofisma formulado por el personaje que encarna el propio Richard Linklater, semejante al deseo de conocer y de aglutinar las ideas en torno a los grandes secretos del alma humana, arrojada a un existencialismo que converge con el peligro del nihilismo. El recorrido puede, puntualmente, llevarnos a verdades sobre la vida como sueño de sueños, imágenes que poseen las imágenes y estas transmutan, y las palabras que indican que la palabra solo es un atributo imaginario y ardid en la necesidad de comprender el mundo.

 Una experiencia indeterminada y arbitraria que explicita su naturaleza en la sensación de flotar sin libertad, elevarse hacia un cielo de irrealidad, sin aposentos sólidos donde hallar los sentidos y el por qué del mundo fenoménico. Soñar hasta que aceptemos la eternidad, como la sensación que emerge desde la pantalla de cine al contemplar el juego de signos que se esfuman en transiciones que en última instancia nos deja la sensación por encima del concepto. El virage de lo humano, nuestro mejor regocijo es la experiencia estética, ya que se nos escapa la comprensión racional.

 Una pieza curiosa, que no desaprovecha los trucos visuales y su poder evocador, aunque su didactismo encalla en la exposición estática.

publicado por José A. Peig el 12 julio, 2008

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