Fuegos de artificio, mediocridad, pura y desinflada mecánica de thriller rancio y desgastado. Hace mucho que el policíaco dejó de lucir esplendores, pero Harlin no lo sabe. Ni sucia ni oscura ni arriesgada ni novedosa. Puro vacío.

★☆☆☆☆ Pésima

Cleaner

Uno, animado por un ínfimo resquicio de esperanza, intuía algún punto novedoso en este último thriller policíaco de la gran factoría. Quizá la premisa que podía leerse en la sinopsis, quizá la presencia de dos sólidos profesionales como Samuel L. Jackson y Ed Harris, quizá el vano espejismo de un Renny Harlin reconvertido a buen director, o, lo que es lo mismo, a director de cosas serias. El gozo, en el pozo de la lamentación cayó. A los pocos segundos del arranque me invade la certeza de que todo lo que seguidamente veré no será más que pura apología del vacío, las viejas fórmulas del género acartonadas bajo la fanfarria.

Tengo que decir que nada de lo que pudo verse en la pantalla defraudó esa expectativa. Harlin, viejo perro avezado en el mal uso de enseñar los dientes sin pegar la mordida -ya puestos-, reincide en su anorexia neuronal. Intentando esquivar la rutina, confiere a su protagonista la insigne tarea de limpiar los intestinales escenarios de los crímenes que luego investiga la policía. Tras una de esas higiénicas sesiones, se convierte en diana de una lluvia de incriminaciones que le fuerzan a tirar de un hilo de corruptelas policiales, de pasados vergonzantes, de desequilibrios familiares. En resumen, la torpe revisitación de patrones narrativos no ya mascados, sino más bien triturados por la maquinaria yanqui desde aquellos gloriosos 90 que olieron a Demme y a Fincher, también a Kaplan, Pakula, a los Coen o a Luc Besson, al moderno Tarantino, al maestro Michael Mann, y a de Palma, y a Curtis Hanson y la obra maestra que lo encumbró. Las buenas piezas que engordaron de cinefilia las tripas y los espíritus.
Cada década tiene su sello, el estigma genérico que la mantendrá en la memoria, pero Harlin parece anclado en un cine que, hoy por hoy, no tiene nada que aportar. Al menos CLEANER no rebasa la línea de una mediocridad lastimosa, regodeo en los tics argumentales y estéticos incapaces de levantar la mínima emoción, el interés justo para no desconectar. La historia, puro delirio, se inicia con un tono paródico que bien podría haber marcado todo el metraje. Pero pronto revela que el director se toma en serio la ensalada de clichés, con el aderezo de su habitual cámara ampulosa y su narrativa confusa. Pasado el meridiano, empieza a brotar la sensación de indiferencia, puesto que, más allá del peculiar oficio del ex policía que encarna Jackson, hay pocas sombras en el relato, apenas se atisba la bajeza moral, la turbiedad que desprendían otros retratos del gremio policíaco.
Las recientes -y apreciables- LA NOCHE ES NUESTRA (James Gray, 2007) y DUEÑOS DE LA CALLE (David Ayer, 2008) respetaban la codificación de unas atmósferas extenuadas de puro repetidas, incluso apuntaban cierta ambigüedad ética que las dignificaba -aunque sin los niveles del noir posmoderno por excelencias varias, L.A CONFIDENTIAL (Curtis Hanson, 1995)-. Harlin, fallero mayor, libera su artificio ruidoso y plastificado, ignorando la herencia de sus mayores y despeñándose hacia la rutina, el plano dibujo de personajes, el alambique forzoso, el trazo grueso de un producto a todas luces prescindible. Ni siquiera la explosiva Eva Mendes logra ahuyentarnos la modorra.
Lo mejor: Que dura poco. Samuel L. Jackson
Lo peor: Su escasa dimensión narrativa, el superficial dibujo de personajes, la ensalada de clichés del género, la sensación de apatía que invade al espectador.
publicado por Tomás Diaz el 7 julio, 2008

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