Hubo un tiempo en que las películas de terror eran una fuente inagotable de libertad artística y discurso político. Ahora, que las películas de terror están de moda y representan buena parte de la producción hollywoodense, se insiste en limitar al género al simple efecto de asustar. Para tal efecto, cualquier recurso es útil, y lo mismo da que no haya mucho para contar, que lo poco que haya al respecto haya sido agotado en otras películas similares, o que, con el fin de justificar una carnicería, se apele a flashbacks bobos y a una construcción inconsistente de personaje. La bestia que produce la carnicería, podría ser un digno sucesor de Norman Bates (psíquicamente hablando), pero no llega a mucho porque el guión y la dirección prefiere quedarse en la musculatura de Kane (luchador de la WWF, sobre la cual se ha armado esta película, para promoverlo como nueva estrella de acción), y en los macabros asesinatos que comete.
Gregory Dark, ex director de cine porno y director de videoclips, apela a su experiencia en este último campo, para trazar una película sin un ápice de suspenso, y con una excesiva cantidad de momentos visualmente efectistas. No hay cine alguno, sino algún que otro capricho de montaje, y muchos momentos “gore”. Las víctimas en cuestión son personajes puestos allí porque el guión, y el asesino, los requieren, no producen ninguna empatía con el espectador, no paran de accionar de manera estúpida, y lo único que saben hacer es gritar. Nadie actúa bien, salvo el forzudo Kane, que pone sus mejores caras de furioso, y el resultado general demuestra que utilizar los recursos audiovisuales, especialmente el sonido, de la mejor manera posible para generar miedo, no necesariamente produce una buena película.
