Un producto irreflexivo, alegremente pirotécnico, que avanza a los tiros y a los saltos.

★★★☆☆ Buena

Shootem up

Primer plano. Plano detalle de los ojos de Clive Owen. Mirada desafiante. ¿Cita a Sergio Leone? Los primeros compases musicales lo confirman, y luego el rojo sangre de la animación del título. Corte a: Segundo plano. Primerísimo primer plano del rostro de Owen. Se lleva una zanahoria a la boca y la muerde con brutalidad. Sí, acertaron. Cita a Bugs Bunny. O a Chuck Jones, el animador que enloqueció al mundo con sus lisérgicos personajes “anti-Disney”. Así comienza esta desquiciada película que amaga constantemente a ser un puro intertexto. El director la concibió como homenaje al cine de acción de John Woo, elemento destacado en las coreografías de las escenas de acción, que se van acumulando a medida que transcurre la película. Pero no solo Woo, Leone y Bugs Bunny aparecen en Shoot ‘em up, también un espíritu de “vengador anónimo” que recuerda, entre tantas cosas, al videojuego “Max Payne” (inspirado a su vez por el cine de Woo), un diálogo en el que se cita a las películas de James Cagney, varias parodias a frases célebres, e incluso un sinfín de autoparodias (Owen se viste y habla como su personaje en Sin City, maneja un BMW, como en la serie de publicidades que lo hicieron famoso, y Giamatti remata una escena al grito de “Fuck me sideways”).

Todo en una enorme coctelera, que parte de un argumento imposible (que le cuesta muchos minutos terminar de explicar), para entregar acción de principio a fin, algo de sexo, a cargo, por supuesto, de la habitualmente desnuda y sensual Monica Bellucci, haciendo de una lactante prostituta italiana, y mezcla sexo y acción, literalmente, ambas cosas en la misma escena, quizás la más hilarante de toda la película. Además de una buena actuación de Owen, una desaforada interpretación de Paul Giamatti, una graciosa participación de Stephen McHattie, y un constante soundtrack a puro rock, adornando todos los tiroteos. Si uno cree que Shoot ‘em up logra construir algo consistente entre tanta cita, parodia y homenaje, se decepciona al minuto de película. Sin embargo, es fácil entender que a Michael Davis, a los productores y al elenco, no les ha interesado en lo más mínimo ser consecuentes con sus innumerables citas (salvo al abrevar en John Woo y en la animación más psicótica, como “calientamotores” de la película). Por el contrario, han deseado hacer esto, un producto irreflexivo, alegremente pirotécnico, que avanza a los tiros y a los saltos, sin un ápice de solemnidad, y con mucha sangre, sudor y testosterona, emergiendo por sus poros. Simple, sencillo y absurdo divertimento.

publicado por Leo A.Senderovsky el 28 junio, 2008

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