Con motivo del estreno de Luz silenciosa, tercera película de Carlos Reygadas, los distribuidores han decidido estrenar la sorprendente ópera prima del cineasta, realizada en 2002. Inevitable es, por lo tanto, analizarla desde los efectos de su última obra. Japón posee todos los elementos y recursos recurrentes en su cine, haciendo hincapié en la soledad y la desolación de un hombre que, dispuesto a terminar con su vida, llega a su última morada y se relaciona allí con una anciana. Reygadas apela a la vida y al amor, aún ubicando la narración en las postrimerías de sus personajes, y exponiendo la sexualidad en lo inusual, como en los caballos, o en el degradado cuerpo de la anciana. Japón se muestra como una obra seca, extraña (de ahí el título), menos emotiva y más descriptiva que su última película. Una sorprendente revelación de un cineasta que apela, en su discurso y su cine, a métodos bressonianos en la actuación, y al cine moderno en general, sin perder de vista el espíritu regional que le aporta la geografía y el entorno mexicano. Su sobrecogedor plano final, con la panorámica que revela los cuerpos tendidos alrededor de las vías del tren, es la síntesis concreta de una prodigiosa ópera prima, que bien vale repasar a la hora de acercarse a su última película, y primera obra maestra.
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