Esta máquina se muestra más agitada y cansada que Pacino corriendo de un lado a otro.

★★★☆☆ Buena

88 Minutos

Ciertos thrillers poseen una imagen de “máquina imparable” y, protegidos bajo esta fachada, suelen mostrarse esquivos al análisis de la crítica. En estas películas la premisa inicial lo es todo. Al profesor Jack Gramm le anuncian que le quedan 88 minutos de vida (para darle crédito a la perfección de la máquina, este anuncio debería haberse dado al comienzo de la película, y no perder el tiempo inicial en la presentación del personaje), y a partir de allí, debe comenzar a correr, convencido que detrás de esa amenaza y de los asesinatos que se cometen a su alrededor, se encuentra un recluso que, gracias a su pericia psiquiátrica, ha sido condenado a muerte. Detrás de esa cuenta regresiva se encuentra un dispositivo que no reniega del absurdo propio de esta clase de productos de entretenimiento, y ahí está Al Pacino, el héroe de acción de turno, quien, sin desentonar con el resto del elenco, parece haberse tomado a broma toda la película, agregándole constantemente a su personaje una cuota de sarcasmo acorde a la inverosimilitud de las situaciones que lo rodean.

Podría decirse que ha adoptado todas las características de Bruce Willis en la última de la saga Die Hard, exceptuando, claro, su rudeza y su tosquedad. Sin embargo, como vimos con el inicio del planteo de la trama, no todo intento de dispositivo imparable sale airoso de las críticas, especialmente cuando ciertos elementos giran en desmedro de esa máquina narrativa. Por empezar, nada peor para complejizar una trama, que agregar un elemento del pasado del personaje (en este caso, la pequeña hermana que perdió el profesor a manos de un asesino) para interactuar con el suspenso del presente. Cuando esto sucede, es inevitable caer en las “escenas explicativas”, que indefectiblemente le darán marcha atrás a la máquina, y pertenecerán al grupo de escenas peor resueltas de la película. Si hacemos un relevamiento de los thrillers últimos, observamos que, desde el punto de vista narrativo, los ejemplos más interesantes suelen aparecer en las películas que prefieren cerrar la película en el final del clímax, sin épilogos innecesarios (ejemplo de esto es el contundente final de Rastro oculto). Aquí, la máquina se esfuma en un pequeño e insignificante monólogo final del profesor a su alumnado referente a la posición moral sobre la pena de muerte. La máquina, representada como en este caso en una cuenta regresiva que asegura la velocidad del tiempo real, es un mecanismo absolutamente válido y sumamente entretenido en esta clase de exponentes del género, aún más interesante cuando la autoconsciencia de realizadores y elenco la abordan desde el humor por lo inverosímil. Esta máquina, sin embargo, se muestra más agitada y cansada que Pacino corriendo de un lado a otro.

publicado por Leo A.Senderovsky el 24 junio, 2008

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