James Ivory mantiene su, siempre interesante, punto de vista: la historia común que construyen dos personas es más importante, prevalece y sobresale por encima de las pasadas vivencias de cada uno y de los acontecimientos del mundo que les rodea.

★★★☆☆ Buena

La condesa rusa

"La Condesa Rusa" es la última obra fruto de la legendaria colaboración entre el director estadounidense James Ivory y el productor hindú, recientemente fallecido, Ismail Merchant. Sus películas siempre se han destacado por un perfecto retrato de personajes y de ambientes, aunque se me antoja que esta vez han profundizado más en ambos campos. Veamos por qué:

Primero el ambiente. Shanghai es una de las ciudades más cinéfilas que han existido. Desde Von Sternberg hasta nuestro Fernando Trueba, la capital china ha sido llevada a la gran pantalla en numerosas ocasiones. Su contexto de metrópoli cosmopolita se acentúa en los años en que se desarrolla la historia, años previos a la invasión japonesa a finales de la década de los treinta. Exiliados, diplomáticos, comerciantes y espías convivían en esa época en una especie de “Casablanca” oriental. James Ivory vuelve a presentar con minuciosidad lo que debía ser esta población prácticamente sitiada por una guerra mundial que se avecinaba y por otra civil que se estaba viviendo. Pero dicha amenaza apenas roza la trama principal. Y esta es una característica esencial en el cine de Ivory y Merchant. Recordemos "Lo que queda del día" (The Remains of The Day, 1993), una de las mejores cintas de ambos cineastas. Allí la guerra flotaba en el ambiente, pero apenas intervenía en el drama que se vivía en el interior de la mansión. En "La condesa rusa", nos enteramos del conflicto por breves titulares en algún periódico o por comentarios sueltos, y no es hasta el final cuando la realidad estalla y se hace protagonista junto a la acción que se estaba desarrollando.

Pero la culpa de esta situación la tiene un cuidado guión. Esta vez no es Ruth Prawer Jhabvala, el pilar que faltaba para completar un triunvirato esencial en la historia del cine. Quizás por no participar la escritora india, el largometraje sea menos “literario”. Las ausencias de voz en off y de estructura narrativa por capítulos, hacen que la cinta sea sensiblemente diferente a "Una habitación con vistas" o a "Regreso a Howards End". Pero no por ello carece de atractivo. Al revés, el dúo Ivory-Merchant, construye un microcosmos personal muy original. Cada personaje se configura en dos niveles. El primero interior, con su pasado reflejándose en el presente. Así un antiguo diplomático (Ralph Fiennes) se ha quedado ciego y posee un terrible secreto por desvelar; o una exiliada rusa (Natasha Richardson) se tiene que prostituir para sacar adelante a su familia, en otro tiempo perteneciente a la aristocracia rusa.

El segundo nivel se corresponde con la comunidad cerrada de la que forman parte, siempre ajena a la situación mundial. Algunos lo hacen por propia voluntad, como Fiennes que, desencantado de la política, se refugia en un bar de su propiedad: “The white countess”; otros no han tenido más remedio, como la condesa del título que vive con su familia en los barrios bajos. Ella más unida a la realidad, no así sus parientes que se aferran a una forma de vida que sólo existe en sus recuerdos. Ambos niveles se unen cuando los personajes se conocen y sus historias confluyen.

James Ivory, con todos estos ingredientes, dirige una película atractiva, peculiar y diferente a lo realizado hasta ahora. Resulta, sin quererlo, un particular homenaje a su compañero fallecido y mantiene su, siempre interesante, punto de vista: la historia común que construyen dos personas es más importante, prevalece y sobresale por encima de las pasadas vivencias de cada uno y de los acontecimientos del mundo que les rodea.

publicado por Ethan el 18 junio, 2008

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