Sobrio y equilibrado homenaje a la resistencia emocional, a la espera del derrube frente a la pérdida del ser amado. Sereno estudio del dolor, filtrado con dosis de ironía y con un omnipresente Moretti.

★★★★☆ Muy Buena

Caos calmo

Ya en LA HABITACIÓN DEL HIJO (2001), el incombustible Nanni Moretti exploraba a ambos lados de la cámara el empantanado terreno emocional que deja tras de sí la muerte de un ser querido. La simbología del título latía como engranaje de una historia dura y contenida, delicado estudio del dolor con su excelente homólogo americano ese mismo año -EN LA HABITACIÓN (Todd Field)-.

Si en aquélla padecía la pérdida del vástago, con todo el mustio panorama que el funesto hecho auguraba, la nueva película de Antonello Grimaldi sitúa a Moretti ante la muerte de su esposa, enfrentándolo al cuidado de su hija y a similar desarraigo vital. CAOS CALMO parte de la popular novela de Sandro Veronesi -adaptada por el propio actor junto a Laura Paolucci y Francesco Piccolo- para elaborar una sólida ficción en torno a la introspección del luto que un maduro profesional asume como refugio frente a la soledad. Un cuerpo dramático tan propenso a la lágrima sale airoso del peligro con el acierto conjunto del original literario -que adivino inteligente y lúcido- más el sentido de decoro sentimental con que el director empapa sus imágenes.

A diferencia de tantas obras con el tema de la inusitada viudedad como fondo de formas diversas, Grimaldi despliega la compleja situación de Pietro sin que el tono revista impostura complaciente para público fácil. Muy al contrario, el relato discurre colando la ironía, a ratos la risotada, en golpes de guión muy ajustados a la idiosincrasia italiana del entorno burgués al que pertenece el protagonista. Se consigue así un sabio equilibrio en la narración de este homenaje a la resistencia emocional, a la espera del derrumbe frente a la ausencia del ser amado.

Contagiado por la potente densidad psicológica del texto de Veronesi, el director se toma su tiempo en dejar clara la neblina anímica de Pietro, aún haciendo suponer en un principio los manidos códigos del sufrimiento. El sobrio, exquisito trazo de la rutina con su hija -que derrocha madurez para su edad-, a la que se empeña en esperar a la puerta del colegio, pronto transforma la peor expectativa en pleno disfrute de la historia. Una historia focalizada, monopolizada sobre la presencia de Moretti, cuya expresiva contención permite transmitir los matices del naufragio en que se convierte su vida. Con él circulamos la senda del desconcierto que produce la más inesperada -¿es que la hay de otro tipo?- muerte, junto a él aprendemos la riqueza semántica del verbo aguardar. Grimaldi nos lo cuenta en el plano más literal –en el coche, en el banco, frente a una ventana- y en su valor figurado, con la estoica negación del llanto, de la liberación de esa angustia retenida que al fin estallará. Será tras la escena de la reunión con los padres, curiosamente dentro del omnipresente y -por qué no- metafórico coche, uno de los planos más hermosos de la película.

Adquiere el film una entidad superior gracias al contrapunto que ofrecen los personajes secundarios, arrimados al hombro a veces comprensivo, a veces reacio de Pietro. Los amigos, familiares y compañeros de trabajo invaden su calmosa actitud y le confían sus propios vaivenes cotidianos, asomando en estas escenas otras miserias, toda una sarta de inquietudes carentes de sentido para él. Sólo dos personajes -féminas ambas- filtran un hilo de esperanza, el pequeño madero al que aferrarse. La madura empresaria con la que comparte desencantos y un doloroso nexo le ayuda a aliviar su pesadumbre en una escena de sexo tan desnuda como violenta, el sexo necesitado por dos seres a la deriva. O quizás la joven que a diario le observa matar el tiempo, a quien tarda en dirigir la palabra pese a la mutua atracción.

Interpretada en los roles colindantes por Valeria Golino, Alessandro Gassman, Isabella Ferrari y la niña Blu Yoshimi -más la inesperada aparición de Roman Polanski-, CAOS CALMO teje en sereno discurso los recovecos del dolor más astuto, el que pellizca agazapado mientras insistimos en rechazarlo, o tal vez disfrazarlo de pasividad. La pequeña Claudia, pura sensatez, escolta a su padre en el tránsito hacia la luz, pero le pide un último favor. Que revierta su función de vigía taciturno y solo, que haga algo para no despertar la burla entre sus compañeros. Que abandone su espera. Que empiece a vivir.
Lo mejor: La contención dramática, las notas de humor, la elegancia de Grimaldi, la aparición de Polanski, Alessandro Gassman.
Lo peor: Quizá el refuerzo emotivo de las canciones.
publicado por Tomás Diaz el 18 junio, 2008

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