Su condición de mero sucedáneo, consecuencia de la fiebre por la trilogía de Peter Jackson, no elimina los esporádicos aciertos y la adecuada organización de los elementos que hacen de ella un filme estimable.

★★☆☆☆ Mediocre

Las cronicas de Narnia

Algún día espero encontrar la oportunidad de disertar largo y tendido sobre el mal llamado "cine de evasión", o La Fantasía como la más poderosa y rejuvecenedora imagen de la conciencia humana. Mientras tanto, compruebo lo acertado de iniciar la narración (irreprochable licencia a la obra de C.S Lewis) con unas imágenes del bombardeo en Londres durante la guerra mundial, remite al género dramático y a la perspectiva adulta, para, desde ahí, desarrollar la consecuencia o la contraparte inocente e imaginativa mediante el seguimiento de las andanzas de un grupo de niños cuyo padre es partícipe de la contienda que separó y mutiló fraternidades e individuos en nombre de oscuros poderes.

Conducir al espectador desde el horror bélico hasta el entorno familiar y, posteriormente, la reclusión íntima en una mansión de cuento de hadas (lástima que la recreación de la misma sea demasiado fugaz), y en el desván que esconde el armario para que los niños tengan su propia guerra. Acabemos: la estructura utilizada en este caso es el mejor vehículo hacia el reino de Fantasía.

Lo que se dice pronto, esta adaptación de Andrew Adamson, de partida posee un sentido del espetáculo escaso en nuestros tiempos a la hora de inserirse en el género cinematográfico que mejor complementa nuestro espíritu. Nos interesa particularmente el cine como herramienta para la transformación, sobre todo en este tipo de productos dirigidos al gran cúmulo de espectadores (la sociedad del espectáculo que tanto nos preocupa ultimamente) que, creyendo VER entretenimiento, VIVEN con y por el entretenimiento. Hay sitios mejores, en todo caso, para hablar sobre el poder transformador del arte…

Pero, sinceramente, pocas imágenes encienden tanto la sensibilidad del espectador como la transición en el interior del armario repleto de prendas y abrigos que, sigilosamente y en meticulosa progresión, nos lleva a otro mundo. Y todo lo que ese mundo ofrece, como la isla secreta donde los niños (y los adultos que no han olvidado aquel rincón secreto en el que aprendieron lo que es el amor y el odio) imaginan su propio mundo, que es el juego que los prepara para la vida adulta. Como un sueño, lo que la película cuenta es deseo de ser adulto en un eco lejano que se escucha desde el país de Narnia, y así, al terminar el sueño, todo sigue igual.

Su condición de mero sucedáneo, consecuencia de la fiebre por la trilogía de Peter Jackson, no elimina los esporádicos aciertos y la adecuada organización de los elementos que hacen de ella un filme estimable, pero que, sobre todo en su recta final, se resiente en un guión esquemático y una puesta en escena que no rebasa los tópicos y la mera fabricación al uso del momento.

Es el cáncer del cine comercial en nuestros días; nulo sentido del riesgo en la escenificación, guiones que no terminan de escribir historias, sino que las redactan.
publicado por José A. Peig el 8 junio, 2008

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