En esas enciclopedias que están llenas de esquemas, dibujos y demás, al lado de la definición de la palabra espectáculo, deberían poner la foto de Steven Spielberg.

★★★★★ Excelente

Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal

En esas enciclopedias que están llenas de esquemas, dibujos y demás, al lado de la definición de la palabra espectáculo, deberían poner la foto de Steven Spielberg. No hay nadie que domine como él el tempo de una película de aventuras, la forma de conectar con el público con tan sólo los cuatro primeros planos iniciales y que el sentido del humor engarce tan bien con la acción. Los de mi generación estamos viviendo su época dorada desde sus principios. Disfrutémosla, porque cuando Spielberg desaparezca (aún falta mucho para eso, espero), lo echaremos mucho de menos.

Casi veinte años hacía que los más afortunados habíamos visto en el cine la última de las aventuras de Indiana Jones. Aquello parecía una despedida y hasta ahora, a pesar de algunos intentos, nunca había vuelto a disfrutar de aquella manera con una película de este estilo.

Hubo varios intentos de conseguir ese toque entre la leyenda y la pura diversión desde que Henry Jones Jr., Henry Jones Sr., Sallah y Marcus Brody cabalgaran hacia la puesta de sol saliendo de las ruinas de Petra, algunas más afortunadas que otras. A bote pronto, me vienen a la cabeza películas como “Sky Captain y el mundo de mañana”, “La momia” o “La búsqueda”, pero ninguna había conseguido una legión tan grande de admiradores. Será por algo.

Retomar este icono tras una ausencia tan larga era peligroso. No somos los mismos que en la época de “La última cruzada” y Spielberg corría el riesgo de cargarse el mito (de hecho, a alguno seguro que le ha pasado), pero yo he salido del cine tan emocionado, eufórico y satisfecho como la primera vez que vi a Indy usar su látigo.

La película tiene  todos y cada uno de los elementos que han otorgado a su director los calificativos de “rey midas de Hollywood” o “creador de sueños”. Los puñetazos vuelven a sonar como nunca han sonado, el humor irónico de Indy sigue intacto, lo imposible se vuelve factible y no podemos evitar asistir con los ojos como platos a las locuras del guión, el “grito Wilheim” vuelve a sonar en los momentos clave, los guiños a anteriores entregas de la saga son deliciosos, los mapas de los viajes vuelven a guiarnos a través de la aventura, Harrison Ford vuelve a clavar todos y cada uno de los gestos, la sonrisa limpia de Karen Allen vuelve a llenar la pantalla mientras que Cate Blanchett compone un nuevo malo antológico.

Los comentarios en contra que he leído o escuchado giran en torno a dos puntos en concreto: el desenlace de la película y el excesivo uso de CGI, que para los habitantes no frikis de este planeta, es lo que vulgarmente se conoce por efectos especiales.

El primero de los argumentos esgrimidos, el del desenlace, reconozco que choca un poco con el Indy que todos conocemos. Aún así, el contexto histórico es el adecuado para el tema y, si esto aún no os consigue convencer, el caso es que 10 minutos  de locura argumental no pueden emborronar totalmente la hora y 50 minutos perfectos restantes, donde el espíritu del arqueólogo sí es absolutamente continuista y no hay ni un solo momento para pestañear.

El tema de los efectos especiales ya sí que me parece protestar en plan gruñón. No son la parte fundamental de la historia, ni son demasiado espectaculares sino más bien necesarios para el desarrollo (si quitamos algún momento de esos 10 controvertidos minutos finales). Vale que el estilo de Indiana Jones siempre ha recordado al rollo “atrezado” de los seriales usamericanos de la época de Maricastaña, pero la técnica va mejorando y no me parece ningún pecado usarla para plasmar las ideas que un guionista creativo se saca de la cabeza.

Se echa un poco de menos a la gran pareja Connery-Ford que nos asombró en el capítulo anterior, pero para paliar la pérdida, el fichaje de Shia LaBeuf nos brinda nuevos e impagables momentos, mostrando una química con sus compañeros y un talento natural para el género fuera de serie, como ya había demostrado en “Transformers” siendo él mismo de lo mejor de la película.

Vamos, que seré apedreado por gran parte de mis escasos lectores, pero para mí este nuevo episodio está al nivel de los anteriores (y ahora hago las maletas y huyo del país por la herejía).

Lo mejor: El espíritu de Indy sigue impoluto. No está más viejo, tan sólo con más rodaje...
Lo peor: Un desenlace quizá demasiado iluminado.
publicado por Heitor Pan el 26 mayo, 2008

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