Entre sus pros y sus contras, la aventura esta servida, sin el poder fascinador de sus precedentes, la distancia entre las pretensiones y el resultado final es igual a cero. Un amable retorno a la inocencia de otros tiempos, pero sin la intensidad ne

★★★☆☆ Buena

Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal

Vivimos tiempos en los que todo se relativiza demasiado y justificamos el hecho industrial – haciéndolo pasar por objeto de arte, de culto, de cultura popular, de mitología moderna, etc – con el sentir de quienes pertenecen a una determinada época en la cual se forjaron unos valores, un canon para la sociedad del espectáculo y unos arquetipos que han sido metabolizados – tanto por sus creadores como por el público siempre expectante – de forma que , con el transcurrir del tiempo, fosilizan en una mera expresión iconográfica a la que rendir pleitesía y admiración desde la butaca del sentimiento, el recuerdo y los modelos que consideramos un referente esencial. Indiana Jones no necesita alma para ser Indiana Jones. Los espectadores de esta cuarta aventura del intrépido arqueólogo podrán percibir que, a pesar de una manufactura (pirotecnia digital incluida) tan brillante y desprovista de pretensiones vanas, la película no tiene alma.

Pero sus creadores, en virtud de la iconografía enraizada en el pasado, y que de la mano de ellos mismos llega hasta hoy , saben que el icono se justifica por sí mismo. Saben, también, que el espectador aplaude la presencia del molde por muy vacío que pudiera estar más allá del homenaje. Eso es la sociedad del espectáculo: no es que hayamos perdido el criterio, es que hemos llegado a un bucle sin salida. Pasará el tiempo y la que ahora es nueva aventura de Indiana Jones será otro clásico justificado por la mera presencia del icono en la pantalla. Porque al espectador, a la sociedad de masas necesitada de mitos y héroes sobre los que proyectar sueños, no le queda otro remedio hasta que se produzca una renovación de los modelos y la producción de cine industrial. A lo que iremos, es que, a pesar de lo que nos venden, esta película no forma parte de esa producción para la sociedad del espectáculo. No es una gran película para la sociedad del espectáculo, lo es para el corazón íntimo de sus creadores. Y lo demuestran, aunque eso no tenga validez si tenemos en cuenta el contexto comercial…y que es el espectador quien vive y paga por esto…


Se intuye que sus creadores, Steven Spielberg y George Lucas, son plenamente conscientes de ello y por eso recuperan al personaje desde el más profundo cariño a su recuerdo y a los espectadores que conocen los atributos que han configurado al mito. La historia narrada no es original ni sorprendente. Ninguna película de Indiana Jones se caracteriza por la originalidad de la historia, ni por la verosimilitud, ni por la complejidad de sus personajes, sino por la sinergia entre los estereotipos, la combinación de ingredientes sabiamente representados con el vigoroso pulso visual de Spielberg. En este caso, encontramos, sobre el papel, más de los mismo, pero situando al personaje en una época crepuscular y renaciente en una nueva generación encarnada en Mutt Williams (Shia Labeouff) que pronto empezará a metabolizar los mitos postmodernos, la chaqueta de cuero y el rock and roll. Impagable la secuencia que abre el relato, con ese grupo de jóvenes que compite y se mofa de la autoridad militar al ritmo de Elvis Presley. Luego veremos a un Indiana que, en su crepúsculo, sobrevive en medio de las intrigas, la paranoia política y la pérdida de su familia y sus mejores amigos. Más solitario que nunca, en una estampa memorable y, desde ya, digna de la antología del héroe: la silueta de Indiana bajo el terrorífico “hongo” de la bomba atómica, una de esas imágenes que permanecerá en la retina y en la memoria, no por su trascendencia en el relato, sino por la soberbia síntesis iconográfica: el héroe y la imagen del terror colectivo en una época concreta.

Así pues, una de las grandes virtudes de la película (lo cual hace de ella algo más que un simple homenaje a la trilogía original) es la forma de contextualizar al personaje en una época y un ambiente determinados. Es en ese punto donde el personaje adquiere la dimensión de lo real, y, en virtud de ello, el mito se convierte en hombre de carne y hueso, y la aventura prosigue más arrolladora que nunca desde el punto de vista íntimo. La pasión por unos valores tradicionales (heredados, no lo olvidemos, de su padre), por el valor de la historia y de la aventura como aprendizaje ante los retos de la vida, contrasta con la inmadurez y la violencia “light” de su joven antagonista, una relación de antagónicos que configura la parodia y la antiparodia: parodia por contraste del anciano con el jovencito. Antiparodia, porque reivindica más que nunca la figura del héroe como resultado de una relación intensa con la vida y sus peligros, yendo más allá de los libros y los conceptos.


En el guión, demasiado esquemático, se aprecia una ligera fractura entre sus partes, y hace que la narración no tenga la claridad y el brío de sus precedentes. Por un lado, tenemos una historia familiar, sobre reencuentro con el gran amor de juventud y descubrimiento de una familia que el héroe, entre tanto viaje y codeo con la muerte, creía inexistente. Por otro lado, el objeto de búsqueda, la calavera de cristal, el cual, en la mayor parte del metraje, no hay que buscar, sino retornarlo a su origen. Irina Spalko (Cate Blanchett) será la nueva representante de la codicia en una aventura que camina, una vez más, hacia la mística y la intervención de lo sobrenatural, de seres venidos de otras dimensiones y de otros tiempos. Si en la última cruzada encontramos la iluminación como redención para el héroe inmoral, aquí formula una moraleja sobre el valor del conocimiento. Es decir, una vida de sabiduría vale más que todo el oro del mundo. El héroe pronuncia las palabras, lo asimila en su conciencia. Después de todo, nada es en vano y siempre hay tiempo para encontrar una familia…



Como era de esperar, hubo boda. Indiana Jones and the Kingdom of the cristal Skull debe ser valorada como homenaje y recuperación de todo lo pasado para completar el ciclo del héroe. El sombrero aparece con una mágica ráfaga de viento y…todo queda dicho en imágenes. Juzguen ustedes mismos el enorme valor de ese gesto final.


Entre sus pros y sus contras, la aventura esta servida, sin el poder fascinador de sus precedentes, la distancia entre las pretensiones y el resultado final es igual a cero. Un amable retorno a la inocencia de otros tiempos, pero sin la intensidad necesaria para que el homenaje sea algo más que una mirada de cariño y nostalgia. Algunas escenas son tan vacuas en relación al mito homenajeado y a lo que merece la historia, que no queda otro remedio que reconocer la falta de inspiración en momentos que deberían haber definido la aventura no solo como chascarrillo transicional y excusa para una íntima apropiación sentimental del icono. Falta ese toque sutil en la articulación del conjunto, falta la capacidad de asombro, la sorpresa y el sentimiento de la acción en si misma.


Para terminar (y a la espera de nuevos debates que incluiremos a modo de apéndice, si se considera oportuno), la película solo es una apropiación sentimental de sus creadores que, desde luego, y eso no es discutible, conocen de sobra al mito y los ingredientes que lo forman. De cara a la sociedad del espectáculo, lamentablemente, esta aventura no sorprende ni fascina, siendo ágil y fresca en la caracterización de personajes y en la exposición de la historia, termina siendo demasiado inconexa en su conjunto, y la puesta en escena adolece de estilemas muy manidos y próximos al telefilm (la escena final en el templo, parece sacada de un episodio de Stargate) en momentos clave que necesitaban el pulso imaginativo de los maestros.


La apoteosis, pero no solo una apoteosis sentimental, sino también narrativa y espectacular, la cual brilla por su ausencia.
publicado por José A. Peig el 23 mayo, 2008

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