Dos adolescentes con ganas de pasarlo bien a cualquier precio se adentran en la casa -y la vida- de una familia que a todas luces podríamos definir como normal. Los juegos de estos chavales pronto se convierten en una tortura que irá a más, en una espiral sin retorno de maldad. Estos chavales no son más que unos auténticos cabrones, la rabia sacudirá la moral del espectador al comprobar que juegan con las cartas marcadas y entonces, ya has caído en la trampa de Haneke, has entrado en una partida neurótica, permanecerás a la espera de que la suerte cambie de lado en el momento más inesperado y cuando parece que eso ocurre, Haneke con su maestría vuelve a desolarte como pocas veces he visto.
Lo pasarás mal, te darán ganas de volarle la tapa de los sesos a esos cabrones, te pondrás blanco cuando suene el timbre de tu casa, de ahí la brillantez del filme que consigue atrapar y hacer partícipe al espectador de una manera fulminante. El fallo lo encuentro en el ritmo de algunas escenas, es bueno la lentitud para hacer reflexionar pero a veces la parsimonia de algunas escenas resulta desgraciadamente aburrida. Se quedó muy cerca de ser una obra maestra, pero nadie podrá decir tras haber visto Funny Games que su vida no ha cambiado.
Lo mejor: El juego macabro con el espectador.
Lo peor: A veces peca de parsimoniosa.
