Existen muchos directores con ganas de innovar, con ideas originales y con ganas de demostrar que son capaces de elevar el lenguaje cinematográfico un escalón por encima de la media, pero no todos tendrán tanta suerte como el argentino Esteban Sapir.

★★★★☆ Muy Buena

La antena

De vez en cuando está bien salirse de la norma. Es genial ver a superhéroes con trajes brillantes repartiendo estopa, ratones parlantes cocinando exquisiteces a los humanos, comedias románticas donde sabemos de antemano que el amor triunfará a pesar de todos los giros del guión o fantasmas de niños en casas abandonadas que asustan a reinas del grito con más masa corporal en los pechos que en el cerebro. El cine palomitero, de consumo fácil o de géneros que pisan sobre terreno conocido me encanta y no necesito ponerme las gafas de pasta y el flequillo de quien escucha a los Franz Ferdinand para salir convencido de una sala de cine. Pero, como decía al principio, de vez en cuando está bien salirse de la norma.

Más difícil es que quien saque los pies del tiesto sea el exhibidor de turno, o el productor con ganas de comprarse un nuevo traje de Adolfo Domínguez. Estoy seguro de que existen muchos directores con ganas de innovar, con ideas originales en la cabeza y con ganas de demostrar que son capaces de elevar el lenguaje cinematográfico un escalón por encima de la media, pero no todos tendrán tanta suerte como el argentino Esteban Sapir.

Sapir, con su alma de creador por bandera (porque no creo que pretenda hacerse rico con esta película, más bien se exponía a todo lo contrario) escribe y dirige una fábula sobre la incomunicación, una crítica hacia la televisión y los medios de comunicación y una reivindicación de la palabra, paradójicamente con una película casi muda, rodada en blanco y negro y con sentidos homenajes a joyas como “Viaje a la luna”, “Metrópolis” o “El hombre elefante”.

Como el alumno friki y empollón de la clase, Esteban Sapir se luce en una realización avejentada, retro y muy imaginativa. Como si aunara el genio caótico de Terry Gilliam, con la crítica afilada de George Orwell y los medios técnicos de la época de Charles Chaplin, realiza un ejercicio cinematográfico en el que a veces la forma se merienda sin compasión al fondo, pero que consigue no decaer en ningún momento.

Todo comienza como un cuento para niños. En una ciudad remota, los habitantes han sido privados de sus voces, aunque aún consiguen comunicarse por medio de las palabras. Un tipo sin escrúpulos quiere dominar la ciudad arrebatando esta última forma de comunicación a su población y para ello secuestra a la única persona que posee voz, una misteriosa mujer sin rostro, para que sea la pieza clave de una máquina diabólica. La única esperanza de rebelión, se centra en encontrar una antigua antena olvidada y llevar hasta allí al hijo de la mujer sin rostro, un niño sin ojos que ha heredado la capacidad de construir fonemas.

Con esta surrealista historia no podíamos esperar una puesta en escena menos dantesca. Una ciudad artificial y estancada en un eterno invierno, un perseguidor deformado y escondido tras una máscara, hombres anuncio con forma de globo que se pierden en la ventisca, un ser atrapado en una bola de cristal que intenta dominar a los hombres… una amalgama de ideas e imágenes cinéfilas con sabor a vino gran reserva que conforman una fábula atípica en nuestras pantallas.

Quien vaya a verla, puede salir más o menos cautivado por esta rareza del cine actual, pero al menos, habrá visto algo distinto. Como me han dicho siempre desde pequeño: pruébalo y si te gusta, está bueno.

Lo mejor: La arriesgada propuesta del director.
Lo peor: La apuesta formal puede sobrepasar a ratos a la historia.
publicado por Heitor Pan el 21 mayo, 2008

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