Brutal paseo por la sordidez y los rincones más mezquinos del comportamiento humano, una obra incómoda y desasosegante, un disparo certero que Mungiu escenifica con frialdad quirúrgica. Una valiente y lúcida reflexión levantada con honestidad.

★★★★★ Excelente

4 meses, 3 semanas y 2 días

La primera sensación que tuve al ver esta magistral nueva obra del rumano Cristian Mungiu fue de incomodidad y un cierto agobio. Con este relato sobre la experiencia del aborto en el aplastante régimen comunista de Ceaucescu, el cine europeo vuelve a tomar las riendas de un necesario espíritu crítico, revulsivo, combativo con la realidad. Y es tan acertado el planteamiento, son tan evidentes los logros que el grado de desazón era inevitable. Tal impacto ha causado que ha conquistado al jurado del glamouroso festival de Cannes. Una joya en el palmarés…eso sí, llena de mugre y directa al estómago.

Otra película -también europea, también de escaso presupuesto, también hecha desde las tripas- me vino a la mente enseguida: 13 (TZAMETI), ópera prima del georgiano Géla Babluani, pequeña gema en blanco y negro que irrumpió con brutal modestia en la cartelera del 2006. Recordé su radical apuesta por trasladar en imágenes expresionistas, angustiosas, uno de los lados más oscuros y miserables de la condición humana. Y la asocié a la película de Mungiu por su honesta desnudez, por azotarnos desde un frío distanciamiento, por dejar clara su intención de estrujar conciencias desde el riesgo y el compromiso. Aunque esta 4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DÍAS no sea una propuesta tan conceptual como aquélla, las iguala ese tono de naturalismo ajeno a la industria yanqui, ese afán suicida de unos creadores centrados no en hacer taquilla, sino en cuestionar los tenebrosos cimientos de la sociedad que reflejan. En ambas se pasa miedo, una lacerante angustia de saber que esas cosas suceden.

Con implacable austeridad, sin adornos ni embalajes, recorremos la odisea de dos chicas, estudiantes en la Bucarest de mediados de los 80, que buscan el medio más rápido y económico para lograr que una de ellas aborte. En esa terrorífica coyuntura política, el riesgo que corren puede suponerles graves consecuencias, pero la desesperación y la perspectiva de un futuro incierto les impulsa a contratar los servicios de un siniestro asistente a domicilio, quien las humilla y convierte su tormento en algo casi grotesco. La historia nos muestra personajes reales, extraídos de esa sociedad que, aunque cueste aceptarlo, escondía toda esa abyección, esa afilada represión, ese tono lúgubre y malsano. Sufrimos con las dos chicas -aunque se focaliza la atención en una de ellas, auténtica heroína del relato, encarnada con elocuente contención por Anamaria Marinca-, nos estremece su descenso al infierno, comprendemos y justificamos su valiente decisión, nos compadecemos de la mala jugada de su destino. Todo ello sin excesos, sin los habituales condimentos melodramáticos tan jugosos, sin refuerzos emocionales externos -música, voz en off, planificación efectista-, sin todo aquéllo que una historia trágica de estas dimensiones se hubiera prestado a contener. Las protagonistas actúan con un sentido común desconcertado ante lo soez que las rodea, su inexperiencia hace que padezcan las consecuencias de ese estado de cosas. Pero no se juzga a las dos jóvenes ni se las convierte en víctimas modélicas. Tampoco se hace con ellas un forzado discurso proabortista. El director es mucho más inteligente que todo eso y esquiva sermonearnos filmando las acciones sin tomar postura. Esto es lo que eleva la película a sus niveles de grandeza.

4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DÍAS es el último y más riguroso ejemplo de cómo el cine, cuando parte de un terreno abonado con honestidad y destreza, se despoja de los envoltorios y aborda su materia con lo básico: una trama poderosa por ser tan real, tan desnuda formalmente que abruma, tan sobria y punzante que asusta. Se nos cuenta -con innegables elementos de un thriller desde el inicio- una historia escabrosa, sucia, denigrante. No existen aditivos, no hay pulcritud argumental, como tampoco la hay a nivel estilístico. La cámara sigue a los personajes con sofocante fidelidad, se convierte en el testigo de toda su desesperada aventura, nos hace observadores de su intimidad lastimada, nos sumerge en su sombrío y agónico paseo por una ciudad llena de seres fantasmales, personajes que entran y salen de escena ajenos a la tortura que viven las chicas. Y a nosotros casi nos da vergüenza asistir a la práctica abortiva, y, desde luego, nos escandaliza y enfurece que su falta de recursos las obligue a aceptar actos de la mayor vileza. Esta implicación directa, inmediata, brutal con lo que vemos la consigue Mungiu a través de una premeditada sencillez de conjunto. La planificación, en este sentido, es funcional, sin puntuaciones ni aspavientos, sin sobresalir por encima de lo que se nos narra. Los planos se alargan hasta la asfixia para obtener ese aspecto de hiperrealismo, para que los actores hagan vivos a sus humanos personajes, para que la inmundicia salga a escena. La fotografía no hace alardes y explota la tonalidad nauseabunda de calles y espacios cerrados, es tan expresiva en esta truculencia como puede serlo la de una película de época en su esplendor.

Fondo y forma, por tanto, están tan asimilados que se convierte la película en la más pavorosa muestra de un cine de enorme integridad ética, concebido desde una marcada autocrítica social y política, pero sin excentricidades, sin levantar la voz, desde la franqueza y el buen gusto. Es duro reconocer que en la Rumanía más vergonzante, la de la dictadura comunista en su apogeo, tuvieran lugar prácticas ilegales de este tipo, que humildes jóvenes como Otilia y Gabita conocieran la senda del horror más intenso. Gracias a Mungiu parece vislumbrarse una nueva etapa creativa en la débil industria de Europa del este, destinada a exorcizar fantasmas de un pasado ignominioso, a cicatrizar llagas de humillación y perversidad en una nación con la moral degradada. Y el mejor instrumento para condenar tanta maldad sigue siendo el buen cine, como este descorazonador y claustrofóbico trayecto por los caminos del dolor y la mezquindad.
Lo mejor: Su tono sombrío, su insoportable sordidez, la actriz Anamaria Marinca, su lúcida postura antidiscursiva, su honestidad.
Lo peor: Que enuncia verdades como puños.
publicado por Tomás Diaz el 16 mayo, 2008

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